Oh Dios mío ¡Brasil!

Hace más de 2 años, por motivos de trabajo tuve la oportunidad de comenzar a viajar a Brasil con bastante frecuencia. Una de las ventajas de mi nuevo trabajo era conocer mundo, lo que nadie me contó antes de empezar era que me pegaría jornadas maratonianas de trabajo saltando de ciudad en ciudad, cogiendo vuelos con la misma destreza con la que cojo taxis.

La verdad que el equipo de trabajo era, cuando menos, peculiar: el jefe, un tipo francés, lo que en España podría ser un parte-bocas y que en realidad era una mezcla perfecta entre Bruce Willis y el Diablo viste de Prada, con una especie de ira contenida y bruto a más no poder; un cuarentón japonés latinizado, que probablemente era el más dicharachero de todo el equipo, y un chino de mi edad: poco hablador, e inexpresivo hasta niveles insospechados. El equipo se completaba con un canadiense blanco, blanquísimo (casi azul) con pelos eléctricos pelirrojos, y varios compañeros brasileños. El primer día de viaje, nos presentamos formalmente fuera del entorno laboral y nos dispusimos a viajar.

Es curioso que todo el mundo piensa que cuando voy a Brasil de trabajo me paso el día de samba en samba caipiriña en mano. Nada más lejos de la realidad. Aunque soñé con esa idea en algún momento en el primer viaje, lo que no sabía era que ese iba a ser el primero de los viajes donde más ciudades visitara y menos viera, ya que básicamente consistía en trabajar y volar. De ciudad en ciudad. Sin parar.

Después de más de 13 horas de vuelo con escala hasta Salvador de Bahía, como no podía ser de otra manera, en el hotel tardaron en darnos las habitaciones una hora porque estaban colapsados, ya que estaban organizando unas conferencias sobre sexualidad. No quiero prejuzgar pero claro, en un país en el que algunos hoteles en vez de dar el siempre útil gorro de ducha, dejan preservativos sobre la almohada, da que pensar. Para ser justo, creo que en este caso, se trataba de campañas nacionales de concienciación sobre enfermedades de trasmisión sexual.playa 1

Después de esa pequeña anécdota que no ayudó para nada a desmontar los estereotipos brasileños, nos reunimos con otro compañero australiano que venía de que le robaran el móvil y la cartera en un mercado cercano. En el momento mostré rostro preocupado por él, aunque en pocos segundo pasé a pensar dónde me había metido. Los mejores momentos creo que sucedían durante las cenas, donde los compañeros de trabajo contaban sus infortunios en sus años de experiencia en la región: robos a punta pistola en un atasco y tirón del móvil parecían ser los más comunes. Además, en poco tiempo también descubrí que el canadiense siempre repetía la misma historia durante las cenas: se encargaba de contar a todos que pertenecía a la religión del Atlantis. De manera pomposa explicaba que no comía cosas que caminaran por la tierra o volaran por el aire (y yo siempre pensaba: “a ver poeta, obviamente no vas a comer cosas que vuelen por la tierra y caminen por el aire”). Básicamente contaba que era vegetariano de una forma pedante.

En otra de las cenas con nuestros clientes y con todo el equipo de trabajo, nos sirvieron cangrejos. Los bichos estaban más duros de lo normal y el restaurante no tenía tenazas, así que los comensales, supongo que por timidez, apenas los tocaron. Ante eso, mi jefe, el francés, comenzó a golpear y a aplastar cangrejos con el cuchillo y la mesa sin ningún tipo de remilgo. Por supuesto, el japonés y yo que ya teníamos cierta confianza nos dejamos alimentar sin pudor. Las caras de los clientes viéndonos al trío en acción eran un cuadro.playa 2

El trabajo tiene muchas ventajas. Quizás una de las mayores era interactuar con poblaciones indígenas que de algún modo estaban afectadas por nuestros proyectos. Algunos de los momentos más esperpénticos se daban cuando el canadiense se acercaba a los indígenas para entrevistarlos: vestido con camisas estridentes (lo que se conoce como camisas de guiri), unas gafas a lo Lady Gaga con forma de caja de zapatos que cubrían sus gafas normales, y un gran anillo con una bola verde que supongo que era la llave para regresar al Atlantis cada vez que lo necesitara. Decir que los indígenas flipaban con la escena del tipo descendiendo del coche es quedarse corto. Lo mejor es que detrás solíamos ir el japonés dicharachero y yo para completar la estampa.

Después de Salvador de Bahía fuimos a Brasilia. El vuelo fue bastante agitado. A un lado tenía al compañero chino. Impertérrito. Al otro, una chica que volaba por primera vez en avión desde su pueblo natal. Después de pegar unos cuantos bandazos y hacer dos intentos de aterrizaje empecé a pensar que quizás nos estrelláramos. La chica de mi lado me comenzó a agarrar clavándome la uñas, dando rienda suelta a un ataque de risa nerviosa. Le expliqué que eso era muy normal en los aviones, aunque en realidad estaba empezando a preocuparme. Siempre que tengo vuelos agitados intento comunicarme telepáticamente con mi madre para despedirme y decirle que no se preocupe, que la vida ha estado bien y que sigan disfrutando de la vida. En esos momentos de reflexión haciendo lo propio, miré al otro lado, donde se encontraba mi compañero asiático y una pregunta clara vino a mi mente: “¿En qué coño piensa el chino este?”. Nunca lo averigüé.

Finalmente descubrí que los vuelos con turbulencias eran una constante en Brasil. Y que las anécdotas de hotel también. En nuestro segundo hotel, decenas de adolescentes se agolpaban en la entrada. Desde dentro les oía cantar algo inteligible que creo que era inglés. ¿Quién lo iba a decir? Resulta que el inglés de los brasileños puede ser tan malo como el de los españoles. Después de minutos escuchando entendí que estaban cantando Let it go a Demi Lovato: cantante estadounidense de la factoría Disney con los problemas que eso conlleva (haber tomado drogas ricas, pasar por la anorexia y atravesar una fase un poco más guarrilla para demostrar que no es un producto Disney). Esto hizo que por el hotel me cruzara con adolescentes intentando llegar a la habitación de su ídolo. Muy inteligentemente, estaban disfrazadas de incógnito con las caras pintadas con mensajes cortos y pósters enormes. Estrategias de altura que obviamente no funcionaban.

Los días de trabajo pasaron y por fin llegó el viernes. Pensé que después de tanto trabajo por fin me iba a pegar la fiesta brasileña que tanto esperaba. Al bajar a la recepción del hotel me encontré a mi jefe francés solo, el cual me explicó que mis otros compañeros se habían quedando trabajando o haciendo skype, y que el único otro joven del equipo, el chino, no podía salir de la habitación porque su religión le prohibía hacer cualquier cosa desde que caía el sol el viernes hasta la noche del sábado. Esa fue la primera de muchas cenas con mi jefe, en las que creamos una relación basada en el trabajo y el humor negro. Cosas que él tenía en abundancia.noche luces

Solo en ese primer viaje, viajé a Salvador de Bahía, Brasilia, Sao Paulo, Pernambuco y Tocantins. Las densas jornadas de trabajo cogiendo decenas de vuelos, hizo que después de solo dos viajes de trabajo a Brasil consiguiera ser cliente platino de American Airlines. Quizás eso implicó la perdida de salud mental y esperanza de vida de manera proporcional. Pero era tiempo bien invertido.

Si bien este ritmo no ayuda a disfrutar del país como me gustaría, después de decenas de misiones he desarrollado una relación amor-odio con Brasil que supongo que mitificaré con los años. Lo cierto es que tras dos años de viajes continuos con semejante equipo de trabajo, he desarrollado un cariño especial por ellos, afianzado siempre por buenas dosis de humor negro y largos días de trabajo juntos.

 

 

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Sudán: el regreso

Cuando ya pensaba que el año estaba más o menos acabado en Egipto, me dijeron que tenía que viajar a Sudán otra vez para compartir todo mi conocimiento con la nueva responsable de mi oficina. En el mismo momento en el que me lo decían todo lo que pasaba por mi cabeza eran imágenes de tribus africanas asaltando el coche de mi jefa con piedras y palos.

Después de un tiempo de asimilación y preparación de la agenda de negocios, allí me presenté con mi compañera de trabajo. Repetir el viaje me permitió vivir nuevas experiencias y ampliar mi conocimiento sobre los lugares y gente que ya conocía.

En primer lugar, el hotel donde me hospedé, el cual yo pensaba que era un tranquilo hostal regentado por alemanes, resultó ser una antigua casa de fiestas ilegales propiedad de un hippy, donde había alcohol de contrabando a precio económico. El chiringuito se vino abajo tras una redada que hizo que cesaran las fiestas y continuaran con el turismo y la hostelería.

Esta vez, realicé más trayectos en coche, lo que me permitió poder observar más la ciudad. Me di cuenta de que hay un gran número de famosos europeos y americanos que, me atrevería a decir, no saben que son la imagen de numerosos negocios. Por ejemplo, Ana kurnikova es la imagen de unos jabones sudaneses, Chris Brown de unas tintorerías, Brad Pitt de unas peluquerías turcas, Cristiano Ronaldo de unas barberías y así hasta el infinito.

Alguna gente me avisó de que llevara la ropa adecuada ya que era invierno. La temperatura media en invierno es de 36 grados centígrados. Pero no deja de ser invierno. Por eso, era normal ver gente por la mañana llevando abrigos y guantes, mientras yo hacía verdaderos esfuerzos para respirar sin jadear por el calor que hacía.

Durante la semana, las reuniones fueron bien. Muchas de ellas fueron en árabe. Esto me permitió darme cuenta de que tengo el nivel de árabe suficiente para mal interpretar cualquier conversación. Sé de qué están hablando pero puedo entender lo inverso sin ningún problema.

Una de las reuniones que tuve fue con la Asociación de mujeres de negocios sudanesas. Lo que faltaba decir en la descripción era que eran mujeres gigantes sudanesas. Una vez llegamos a las oficinas, todo estaba lleno de fotos de mujeres gigantes con diferentes personalidades occidentales. Debían de ser la versión africana de las amazonas, pero con grandes sonrisas, vestidos de colores y cuerpos más orondos. Una vez dentro de la asociación, pude comprobar que las mujeres eran en realidad normales y que solo la presidenta era gigante y ella era la que aparecía en todas las fotos. Para recibirnos se puso sus mejores galas: un vestido de leopardo y unos tacones a la altura. Creo que esa mujer calzaba como mínimo, el mismo pie que yo, y para dar una referencia, tengo varios amigos que me han dicho que tengo pies de hobbit. Aquello era un desparrame de dedos gigantes saliendo de una sandalia estampada.

Cada reunión ofrecía una anécdota diferente: un empresario nos recibió descalzo porque le pillamos rezando. Otro me ofreció un zumo de mango y me obligó a beberlo con una pajita de esas que tienen un rizo infinito, mientras el resto del personal disfrutaba de zumos de naranja normales con pajitas ordinarias. Pero claro, yo era el joven y me estaba haciendo un guiño simpático. Básicamente, me pasé la reunión intentando escuchar como hablaban otras dos personas sobre oportunidades comerciales en la agricultura, mientras el empresario en cuestión me miraba sonriente, e invitaba con la mano a beber un zumo más denso que el chapapote. De esa reunión salí con las oportunas anotaciones y dolor de mandíbula.

Ahora que me muevo con más soltura en el país y después de reunirme con empresarios y mafiosos, empiezo a entender los intríngulis y la ética de los profesionales del sector. Por ejemplo, Estados Unidos tiene un embargo sobre Sudán que impide cualquier actividad comercial de empresarios que tengan el más mínimo interés en Estados Unidos. Esto hace que países enteros veten las operaciones con Sudán, entre otros, toda la Unión Europea. Pero por otro lado, el propio Estados Unidos concede autorizaciones puntuales a sus empresas para saltarse esa barrera si es de interés para la economía yankee. Por eso, son los terceros países los que no pueden operar con Sudán, y Estados Unidos se beneficia de esa “ventaja”.

Por otro lado, hay un conocido político sudanés condenado por crímenes de guerra por el tribunal de La Haya con el que nadie se puede reunir legalmente, pero que es, a su vez, de los mejores posicionados en el país y tiene un volumen de negocio con el exterior bastante relevante. Supongo que es una cuestión de principios. O bueno, de ausencia de ellos.

La despedida de este viaje tuvo lugar con un espectáculo flamenco en la residencia del Embajador. He de reconocer que era el primer espectáculo flamenco al que asistía, aunque no debía ser el único. No sé que pasa con los españoles, que cuando están en el extranjero sienten el flamenco con una pasión como si lo escucharan todos los días. En algunos momentos de la actuación, hasta los policías del arco de seguridad se arrancaban a gritar “¡olé!” con las manos abiertas hacia el frente y una pequeña sacudida de cuello.

La verdad que fue la mejor manera de despedir la visita. Bueno, eso, y el retraso de dos horas que tuve en el aeropuerto en el viaje de vuelta.

Crucero en el Bajo Egipto

Hace dos semanas tuve la oportunidad de hacer el famoso crucero por el Bajo Egipto. El plan que hicimos fue una ruta desde Aswan y Abu Simbel hasta Luxor, pasando por Edfú y Kom Ombo. Durante esos días tuvimos la oportunidad de visitar los principales templos del antiguo Egipto y los valles donde enterraban a los faraones.SONY DSC

Los primeros días visitamos el templo de Philae, la presa de Aswan y el templo de Abu Simbel que, al igual que ocurre con Petra, es impactante. Una vez dentro, ya te fijas en detalles de mantenimiento que se podrían mejorar, como los focos de iluminación anclados en los dedos de Ramses y otras cosas por el estilo.SONY DSC

Desde luego que Egipto es uno de esos lugares donde todo el mundo que ha pasado ha querido dejar su huella. Empezaron los faraones con los templos, los cristianos que atacaron haciendo agujeros sobre las esculturas y las paredes y el otro grupo que al parecer ha hecho más daño en ese patrimonio cultural: los arqueólogos del siglo 19. Es normal ver las estatuas con nombres tallados de esos tipos: Murray, Smith, etc. Gracias a semejantes firmas os recordaremos por lo que fuisteis: los cafres de la arqueología.SONY DSC

Casi todos los templos contaban con arcos de seguridad, muchos de los cuales estaban siendo reemplazados en algunos de ellos. Esto me pareció totalmente lógico, porque muchos se reducían a un arco de plástico roído cuya función era canalizar el paso de los pocos visitantes que había. Creo que era la cosa más inútil que había visto desde el aeropuerto de Castellón.SONY DSC

Dentro del crucero tuve la oportunidad de ver nuevas formas de venta. En Egipto es normal que vendan por pesadez, pero aquí han desarrollado nuevas técnicas combinando la capacidad de agotar al turista con técnicas dignas de entrar como disciplina en los juegos olímpicos. Bajando por el Nilo, aprovechando la apertura y cierre de esclusas para salvar los desniveles, los vendedores se acercaban en pequeñas balsas que ataban a nuestro barco. Y luego unas balsas se ataban a otras de manera que formaban cadenas de vendedores arrastrados por nuestro barco. Desde ellas, a unos 8 metros más abajo, lanzaban camisetas, toallas o galabeyas a la cubierta del barco. En lo que lo recogías y se lo tirabas otra vez, aprovechaban para negociar contigo en todos los idiomas posibles. El juego se basaba en engancharse al crucero, marear al turista cuando devolvía las cosas y pedir dinero. Lo mejor es que el barco se para cuando las dos esclusas están cerradas y desciende el nivel del agua, por lo que hay un momento en el que ves más y más cerca de los vendedores mientras disparan toallas enrolladas a diestro y siniestro. Era como uno de esos sueños donde intentas correr de algo malo pero no avanzas.SONY DSC

La cuadrilla con la que coincidimos en el crucero podría haber sido digno de ser el público de Gran Hermano. En primer lugar estaban las brasileñas. Dos mujeres exuberantes de unos 40 años de edad y con generosas posaderas que haciendo honor a su tierra vestían de manera correspondiente: súper shorts y escotes. En cada parada, ellas actuaban encantadas como si de estrellas de Hollywood se tratara, y los egipcios, que son muy espabilados, hacían cola para fotografiarse con ellas. Ellas sonreían. Ellos sonreían aún más y les señalaban los escotes y las piernas a en cada una de las fotos. Todo tenía un sospechoso tufillo a Benny Hill.SONY DSC

En segundo lugar, un americano, el cual llevó todos los días la misma camiseta donde ponía en grande “he venido a ver las pirámides, dejadme en paz”. Viajaba solo y en 3 días no fue capaz de contestar un solo “buenos días”. Llegaba a los lugares, hacía fotos con su móvil, las subía instantáneamente a Instagram y se volvía al barco, coche o cualquier otro medio de transporte que usara.SONY DSC

En tercer lugar, una familia de indios infinita, con los cuales no coincidimos en ninguna visita pero tuvimos el gusto de oír cada mañana cuando se levantaban de madrugada para ir de excursión. Hacían el mismo ruido que debían hacer los pasajeros del Titanic la noche que se hundió. Conseguí identificar una madre y un padre: los otros 14 miembros eran una amalgama de niños, bebes, creo que unos abuelos y lo creo que era la típica tía soltera.

Por último, estaba una pareja de japonesas muy serias, que tampoco se prodigaban en el arte del saludo. Estas chicas en determinados templos decidían quedarse en el coche y no bajar. En ningún momento supimos por qué.SONY DSC

Con todos estos personajes recorrimos unos y otros templos, a cada cual más impresionante. Los mejores jeroglíficos se encontraban en el valle de los reyes. Lo curioso era que en el valle de las Reinas, las estatuas de las mujeres las caracterizaban como si fueran hombres con barba para enfatizar su fuerte carácter y su capacidad de liderazgo. Claramente, esos tipos no pasaron la adolescencia con mi hermana.SONY DSC

El último día, hicimos el paseo en globo por encima del Valle de los Reyes, con las colinas a la espalda y con el Nilo y los templos de Karnak y Luxor en frente. Después del pánico inicial, cuando desincrusté las uñas del cesto al que me agarraba firmemente, disfruté de una de las mejores panorámicas que he visto en Egipto, desde 600 metros de altura. Desde luego que es un viaje digno de probar, sobretodo ahora que apenas hay turistas.SONY DSC

Gymkhana en Etiopía

Hasta que no empezamos a preparar el viaje a Etiopía, no me había dado cuenta de las dimensiones del país y de la gran cantidad de desplazamientos que era necesario realizar. En realidad, esto no difiere mucho de los otros viajes que he hecho este año, pero en este caso, el país hizo que las vacaciones fueran una verdadera aventura.SONY DSC

Nada más llegar a la capital de madrugada, Adis Abeba, cogimos un vuelo directo al norte, a la región de Bahir Dar. Allí, con la ayuda de nuestro conductor, nos dirigimos al hostal que mejor puntuación tenía en Trip Advisor. De camino, el conductor nos enseñó otro hostal de buen aspecto, el cual rechazamos porque no tenía ducha individual.  Cuando llegamos al que recomendaba la guía, resultó ser una especie de barraca de prisión sin puertas en las habitaciones, con un baño común para todo el hostal que consistía en un agujero en el suelo. Mientras nuestro conductor se reía de nosotros diciendo que debíamos de ser parientes del dueño porque no había manera de haber encontrado semejante pocilga por nuestra cuenta, pude imaginarme durmiendo en una de esas literas dormido abrazado a mi mochila preocupado por no ser robado.  Finalmente, huimos del lugar y nos fuimos a una tercera opción más limpia.

Una vez instalados, con la ayuda de un guía, hicimos lo propio: visitar iglesias, lagos y las increíbles cataratas del Nilo Azul. Todo era impresionante: la gente, el paisaje, la cultura. El único problema era que al haber trasnochado viajando, cada vez que nos desplazábamos de un lugar a otro, me quedaba dormido como si tuviera narcolepsia y cuando el guía decía algo, alzaba la vista asintiendo con una sonrisa, como si todo lo que estaba diciendo fuera súper interesante.SONY DSC

Al día siguiente viajamos en coche a la ciudad de Gondar, que se encuentra cerca de las Montañas Simien. Allí, después de negociar con un par de hostales, nos quedamos en uno de los mejores ya que nos hicieron un descuento por ser temporada baja. En Gondar visitamos la ciudad y sus castillos. Por la noche, decidimos culminar el día yendo a uno de los mejores restaurantes de la ciudad que tenía certificado de excelencia de la guía Trip Advisor. Tres horas después de cenar me encontré en el baño de mi hotel vomitando todo el menú. Tengo que agradecer otra vez a Trip Advisor sus recomendaciones para Etiopía. Consiguió lo que no había conseguido mi osadía culinaria en Egipto, India o Sudán: provocarme la primera gastroenteritis de mi vida. Para más INRI, consiguió lo que parecía imposible: provocar una gastroenteritis a dos vascos de pelo en pecho.SONY DSC

Esto hizo que los tres días de marcha planeados se convirtieran en dos. Después de pasar un día de reposo en el hotel, nos fuimos a hacer trecking a las montañas Simien: básicamente es como estar en Jurassic Park pero en lugar de dinosaurios y científicos, hay monos, niños, cabras, muchos burros y pájaros de todos los colores.SONY DSC

El conductor que nos tenía que llevar en todoterreno tardó unos 10 metros en salirse del camino y atascar el vehículo en el barro. Después de sacar el coche empujado por toda la tribu presente, pude comprobar que el 50% del tiempo lo pasaba mirando hacia el copiloto para charlar, así que era cuestión de tiempo que volviera a suceder. El recorrido por las montañas me lo había imaginado un poco como de andar por casa: resultó que hizo más frío y humedad de lo esperado y menos oxígeno del deseado. Ya por la noche en el campamento notaba la presión en el pecho por la reducción de oxígeno. Por lo visto, lo que yo imaginé como unas bonitas colinas, eran en realidad unas montañas que alcanzaban los 4000 metros de altura en algunos puntos. Además, por la noche, tuve la suerte de servir de alimento a una familia de pulgas que me dejaron seco en cuestión de horas.  Esto hizo que el segundo día de marcha me debatiera entre la admiración por el entorno, el cual era espectacular, y el caminar como un moribundo. Después de unas pocas horas, aparecieron unos chavales de la nada con unos burros que nos ayudaron a terminar la travesía hasta el coche.SONY DSC

Esa noche volvimos a dormir en Gondar y por la mañana cogimos un vuelo a Lalibela; un pequeño pueblo que tiene 11 iglesias excavadas en la roca y era el centro de peregrinaje de cristianos africanos que no conseguían llegar a Jerusalén. Cuando paseábamos por la ciudad, los niños nos acosaban pidiendo bolígrafos. Todos decían que teníamos un nombre bonito, que querían ser ingenieros o doctores y que recordáramos sus nombres después del paseo para que les compráramos algún souvenir. Después de horas paseando con varios encuentros con un mismo chaval, acabé regalándole una de mis camisetas por insistencia. Era curioso que los niños hablaban inglés con fluidez mucho mejor de lo que lo hacemos nosotros.SONY DSC

El chaval al que di la camiseta, que tenía un ojo blanco, también me pidió el email así que se lo dí. Lo que tardé en ir de la puerta del hostal a mi habitación es lo que el chaval tardó en ir a un ordenador y mandarme un email saludándome. Cuando hablaba con los niños les decía que estudiaran, que se portaran bien y que respetaran a las mujeres. Es decir, les decía todo lo que se me pasaba por la cabeza en esos momentos: solo me faltó decirle “pezqueñines no gracias” para cubrir todos los aspectos de la vida.

En la Lalibela, de madrugada tuvimos la oportunidad de ir a la misa de las 5 de la mañana. La gente rezaba dentro y fuera de la iglesia y en las proximidades. Generalmente lo hacían descalzos, así que nosotros nos descalzamos. Después de hora y media viendo iglesias, misas y feligreses devotos, no sé si mi alma estaba más limpia, pero mis pies seguro que estaban más sucios.SONY DSC

Hay algo muy curioso que hacen de vez en cuando la mayoría de los etíopes al hablar: pequeñas aspiraciones de aire como si se estuvieran ahogando. También era curioso ver a algunos españoles riéndose del gesto mientras ellos sorbían mocos cada 5 minutos haciendo más ruido y más molesto.SONY DSC

Después de Lalibela, cogimos un vuelo a Adis Ababa, ya que la guía hablaba de su vida nocturna, música en directo y los mercados locales. Para nosotros la ciudad se convirtió en un pequeño infierno de obras y ruido, que culminó con el hecho de que me robaran el móvil: tuve suerte y lo recuperé en cuestión de segundos.

Visto el éxito de la capital, decidimos coger un coche e ir hacia el sur a visitar los lagos que se extendían hasta Awasha, donde hicimos noche. En el trayecto, pinchamos 5 veces las ruedas, por lo que tuvimos la oportunidad de ver varios poblados puramente africanos y varias reservas naturales impresionantes. Ya en Awasha, vimos que era una mezcla entre Torrevieja y una tribu africana: tenía una calle principal llena de bares que moría en una iglesia en la cual había mucho ambiente. Por el día visitamos el fish market, donde se agolpaban pelícanos y personas en igual número y donde comían pescado con el mismo ansia. La aventura se acabó con la  vuelta al aeropuerto: tras casi 40 picaduras en el cuerpo, mi propio cultivo de chinches en la mochila, alguna prenda menos en la maleta y con ganas de haber visto más.SONY DSC

Puedo decir que Etiopía es un país lleno de contrastes y singularidades. Por ejemplo, sus años tienen 13 meses, ellos se encuentran en el año 2006 y el día comienza cuando amanece y acaba cuando anochece. Es un país que no fue colonizado y ha hecho que guarde una esencia especial. Recomiendo a cualquiera que lo visite, que vaya cargado de bolígrafos, ya que a los niños les encantan. Y también recomiendo a los fotógrafos aficionados que se muestren respetuosos con las fotos, porque es bastante lamentable ver a occidentales haciendo fotos a niños pobres a escasos centímetros de su cara sin ningún pudor o consideración.

Buceo en el mar rojo

En el puente que coincidía con el final del Ramadán decidimos irnos al Mar Rojo a hacer un curso de buceo. Llevábamos bastante tiempo preparando la idea, y de los posibles destinos que hay en Egipto elegimos Marsa Alam. La aventura ya empezó cuando intentamos reservar el viaje y la estancia. Después de decenas de llamadas y correos, de valorar ir en coche, autobús o avión, de contactar con varios sitios de la zona, finalmente acabamos alquilando una furgoneta e irnos a un pequeño complejo ecológico cerca de la frontera con Sudán.

Lo curioso de los viajes en Egipto es que te da la sensación de que aunque todo este reservado, hasta que no estás en el propio lugar, no tienes la certeza de que todo saldrá bien. Después de pasar 10 horas en la furgoneta, la cual tenía los asientos forrados de plástico (cosas de egipcios), llegamos al complejo empapados en sudor.

Una vez nos instalamos y acordamos el tipo de curso que haríamos, nos fuimos a hacer snorkel en la orilla. En esa primera aproximación todo lo que vimos nos pareció espectacular: corales, peces, un manta…foto 2

Durante el curso de buceo PADI fuimos alternando las inmersiones con la teoría. La parte teórica consistía en leer un libro que parecía escrito por un catequista de los 90. En él, podíamos encontrar frases lapidarias del tipo “hacer buceo es bueno para conocer gente, ir a sitios de buceo y hacer cosas debajo del agua” o “un compañero aporta seguridad y diversión”. Tan amena lectura era acompañada de unos vídeos infumables sobre el buceo que perfectamente podrían ser un documental de las vacaciones de Sarah Palin con un toque a los vigilantes de la playa. Después de torturarnos cada mañana con ese rato de cultura del buceo, hacíamos las inmersiones. Básicamente nos pasamos dos días debajo del agua, donde el monitor nos hacía pequeñas faenas para saber cómo actuar ante cada tipo de percance: vaciar la máscara de agua debajo del agua, qué hacer si se acababa el oxígeno, socorrer a un compañero, etc. El monitor, un tipo súper tranquilo, debió quedar anonadado ante el espectáculo que dimos. Creo que debimos atormentarle un poco la primera vez que nos sumergimos ya que entre los 4 que íbamos, le repetimos las mismas preguntas una y otra vez. Por un lado, a un amigo que no podía sumergirse con el peso del propio equipo, le llenó los bolsillos de rocas; mientras tanto, yo, con la comodidad del neopreno y el agua caliente del mar, no podía evitar hacer pis en cuanto entraba en el agua, por lo que en esos períodos de trance no escuchaba sus explicaciones. Por otro lado, cada vez que cada uno de nosotros hacía un ejercicio debajo del agua el profesor nos aplaudía. Me dio tanta pena que nada le dijera nada cuando lo hacía, que cuando él hacía el ejemplo yo le aplaudía para que se animara. El tipo obviamente pasaba. Tuve algún problemilla para encajar mi nariz en la máscara: estaba convencido de que la mía debía se de niños, pero resultó que no. Que para mi horror mi nariz es grande.foto 1

Cada poca distancia, había que equilibrar los oídos de manera tranquila para no dañarnos los tímpanos, haciendo todo cuidadosamente. Esto por supuesto nos salía genial cuando descendíamos de manera ordenada con el instructor. Cuando estábamos viendo corales, y en algún momento de descuide te veías ascendiendo de manera incontrolada a la superficie, hacías lo posible por bajar otra vez con el grupo antes de que se diera cuenta del error. Y ahí, hacerlo cuidadosamente era un poco secundario, ¿Qué importaba la salud de tus tímpanos comparado con la vergüenza de que el profesor te pillara flotando a la deriva con cara de desesperación?

En otro ejercicio de orientación, llegó una corriente que trajo algo de basura de otro sitio. En ese momento decidí alimentar mi espíritu ecologista y me dediqué a recoger plásticos mientras hacíamos los ejercicios, los plásticos me los iba enganchando en el neopreno y ya en superficie los metía en un trozo de bidón que encontramos. El monitor, después de entender que no tenía el síndrome de Diógenes y me dedicaba a recoger y almacenar mierda gratuitamente, lo agradeció con una sonrisa.P1060250

Las pocas fotos que pude hacer debajo del agua, fueron casi en la superficie, ya que lo único con lo que contaba era mi cámara y una bolsa de plástico acuática de los chinos similar a las bolsas de congelar comida.

En la zona había tortugas verdes, delfines, morenas, rayas y peces de todo tipo. Nosotros no pudimos ver todo eso, pero el hecho de ver a las rayas planeando o a una morena escondida a escasos metros fue impresionante.

Tailandia: el viaje más guiri

El último viaje que hice fue a Tailandia. La verdad que no había leído mucho acerca del país previamente a la elección, pero me llamó la atención cuando decía que iba a ir de vacaciones a Tailandia la gente se sorprendía por la decisión. En algún momento alguien incluso llegó a decir: “¿Tú? Pero si no tienes pinta de putero..” a lo que no supe muy bien que responder. La intención era visitar templos, ciudades y playas paradisíacas. No tuve en cuenta que también era un destino muy demandado por otros motivos.

Para el viaje, usamos el idiotizador de viajeros por excelencia: La lonely planet. La verdad que te resuelve la papeleta en muchas situaciones, pero es verdad, que si abusas de ella, se te pone complejo de oveja.

La llegada a Tailandia fue muy cansada. La primera noche anduvimos por el centro de Bangkok por la zona más turística: Khaosan Road. Un cruce de calles con numerosos bares, restaurantes y centros de masajes, acompañados por música, muchísimos turistas y puestos ambulantes. Lo que más me llamo la atención fue el descontrol de los turistas y la gran cantidad de fiesta que había. En un momento dado, viendo a un británico borracho como una cuba, hablando solo y andando a 4 patas, tuve la sensación de que desaprovechaban todo lo que la ciudad y el país podía ofrecer de verdad. Solo tardamos 24 horas en acabar borrachos, comiendo escorpiones de un puesto ambulante y montándonos 6 personas en un Rickshaw de 3 plazas cantando a pleno pulmón. Durante el día siguiente nos moderamos e hicimos turismo por la ciudad.SONY DSC

Entre otras cosas, hicimos la visita obligada al Palacio Real. De camino al palacio, algunas personas nos decían que estaba cerrado y nos aconsejaban ir a otros lugares que ellos nos indicaban. ¿Quién iba a pensar que aquellas personas con cara de pan y ojos rasgados iban a engañarnos para hacer negocio de nuestro viaje? Menos mal que veníamos avisados por la guía y no caímos.SONY DSC

Después de dos días en Bangkok, fuimos al norte en un tren nocturno. Estuvimos en Chiang Mai visitando templos. Muchísimos. Todos muy llamativos. Aunque después de los 10 primeros empieza a costar diferenciar cual es cual. También contratamos una excursión para montar en elefante y visitar la tribu de las mujeres jirafa. El paseo en elefante, para mi horror, supuso darme cuenta de la pobre vida de estos animales en este tipo de tours. Supimos de la existencia de otros lugares donde eran mejor cuidados pero ya era demasiado tarde.SONY DSC

Por la tarde pudimos visitar la tribu de las mujeres jirafa. La verdad que era realmente espectacular la fisionomía de estas mujeres. Aunque en este caso, las mujeres básicamente regentaban un mercadillo y eran expuestas al público a modo de zoológico.SONY DSC

Después de pasar unos días en Chiang Mai, nos dirigimos al sur en busca de las famosas playas paradisíacas. La zona elegida fue Ao Nang. Desde tuvimos la oportunidad de ver Raylai y un conjunto de islas impresionantes. Tuvimos la suerte de que casi siempre esquivamos las aglomeraciones de turistas ya que cogíamos pequeños botes individuales. Excepto una vez donde contratamos una excursión para ver varias playas. Además ese mismo día por la mañana jarreó agua durante varias horas. El concepto era montar en un barco con otros 50 ilusos que habían caído en la misma trampa que nosotros y visitar varias islas haciendo varias paradas para comer, hacer snorkel o bañarnos.SONY DSC

La guía que nos acompañaba, que apenas levantaba medio metro del suelo, estaba curtida en viajes y en turistas. Era como si el personaje de Lilo en Lilo & Stitch hubiese sido marginada por Disney, se hubiese dado a las drogas y el alcohol y hubiese vuelto a encauzar su vida como guía turística en un bote de recreo. Era como un pequeño sargento que daba las indicaciones a gritos: cuando era zona de playa “Just swimming, not snorkeling”, cuando era zona de corales “Just snorkeling, not swimming”, cuando había que observar un paisaje “Take camera, best memories” y cuando veía que había demasiada lluvia “no camera, just memory”.SONY DSC

En algunas de estas playas, los barcos se apiñaban repletos de peregrinos: éramos hordas de turistas de playa en playa bajo el diluvio universal. Nos pasamos todo el día mojados, y tengo que decir que al principio me encantaba la idea. Volver a ver la lluvia. Después de tantos meses. Respirando profundamente y mojándome entero como si de una película de Isabel Coixet se tratara. Mi lado gafa-pasta estaba satisfecho. Después de unas horas, la situación empezó a crisparme. Y cuando, con la piel arrugada como una pasa, me bañé en la última playa, en un momento de desesperación dije “que hastío de lluvia por Dios, que me van a salir corales en los cojones”

El último día, pudimos disfrutar otra vez de una de las playas maravillosas con poca gente y con el agua templada como una sopa.

Tailandia es un destino muy interesante, con una cultura muy diferente a lo visto hasta ahora. Aunque si no se quiere caer en la rutina y lo típicamente turístico, conviene prepararse el viaje al margen de guías y consejos de agencias.

Sudán: primer acto

Por motivos de trabajo tuve la oportunidad de viajar a Sudán una semana. Inicialmente, la idea de viajar era extraña pero la verdad que me podía la curiosidad por ver semejante país. Tuve la oportunidad de hospedarme en el German Guest House, que resultó ser una especie de asilo o centro de desintoxicación, donde los huéspedes eran bastante pintorescos. Estoy seguro de que si Lindsay Lohan hubiese pasado por aquí una temporada se le hubiese quitado tanta adición a drogas, botox y demás.

Después de alojarme en el hostal, bajé a cenar con algunas de las personas que se encontraban en el comedor: había un italiano de bigote extrafino, varios alemanes sesentones, una comercial libanesa y el personal de servicio sudanés. El gerente, que respondía al nombre de Gunter y gastaba un bigote XXL, me dijo que hacía su propio vino en una bañera en algún sitio del hostal, ya que su consumo está prohibido en el país. Me llevó menos de dos horas en el país quebrantar la ley, al beberme ese “vino”, el cual Gunter calculaba que tenía alrededor de unos 25 grados. Me dio muchos más detalles, pero no fui capaz de entenderlos porque las palabras se difuminaban bajo semejante mostacho. Supongo que los casi 40 grados de temperatura, el alcohol y el acento tampoco facilitaban la labor.

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Después de esa primera hazaña, me fui a la cama para prepararme para todas las entrevistas que iba a tener con empresarios e instituciones sudanesas. Las reuniones fueron, cuando menos, peculiares.

De manera general, me di cuenta de que casi todos los empresarios y políticos eran capaces, como mínimo, de comunicarse en inglés y mantener conversaciones fluidas. En esos momentos era inevitable acordarme del “every day bonsái” de Zapatero o del “it’s very difficult todo eso” de Rajoy. Cuando esos recuerdos me venían a la mente, me sentía como esos dibujos japoneses a los que le cae una gota gigante por la frente en situaciones de vergüenza.

A pesar de eso, las situaciones no dejaron de ser rocambolescas. Me dediqué a cruzar la ciudad de un sitio a otro de taxi en taxi. En una ocasión, hice uso de un rickshaw, y la estampa debió ser graciosa: en traje, con mis papeles y con un Tuk Tuk llevándome por una calle de tierra. En una de las empresas, me reuní con todo el equipo directivo: un padre, su hijo, su hija, el cuñado y otro señor que no tenía relación familiar directa. Casi igual que la cúpula directiva del Santander pero en africano y con henna por las manos y los ojos.

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En otra empresa me encontré con dos señores vestidos con galabeyas sudanesas enormes. Uno solo asentía sin decir nada, y el otro me decía que solo necesitaba dos millones de euros para empezar a hacer negocios con empresas españolas. Me dijo que no necesitaba papeles o bancos, solo mirar a los ojos y confiar: “yo te miro a los ojos y puedo confiar”. Esto lo decía mientras levantaba la barbilla, abría mucho los ojos, casi fuera de sus órbitas, y me miraba fijamente. A mi, personalmente, este hombre lo que me daba era miedo con sus ojos de poseso. Así que todo lo que pude hacer fue sonreír de la manera más natural posible y asentir.

Uno de los días, un empresario amigo de un colega de mi oficina, se ofreció a guiarme por la ciudad para facilitar mis entrevistas con los empresarios. Era un tipo gordo, con orejas grandes, trajeado y con cara de buena persona. Por la noche, me invitó a cenar en un restaurante de moda de la ciudad. Cual fue mi sorpresa cuando apareció vestido con la galabeya sudanesa y un turbante a juego. El turbante estaba colocado apoyado sobre las orejas, por lo que éstas parecían lonchas de chope que habían sido cortadas con motosierra. Durante la cena me contó que había comprado una vaca, ya que su madre venía de visita desde Egipto, y quería matarla (a la vaca) delante de ella (de su madre) como muestra de cariño. Me imaginé haciendo eso delante de mi madre y su posible reacción ante tal sangría: supongo que implicaría algo como quedarse con los ojos en blanco y echar espuma por la boca.

El mejor tipo que conocí fue un profesor de universidad. Había montado su propia empresa y realizaba proyectos caseros con energías renovables. Para hacerme una demostración de sus trabajos me invitó a comer pollo y arroz que habían sido cocinados con una cazuela situada sobre una placa solar. El resultado no pudo ser mejor.

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La sensación general de la ciudad fue muy positiva. La ciudad es extraña, ya que fueron tres ciudades que crecieron y se juntaron en el punto donde se unen los dos Nilos: el blanco y el azul. Las calles estaban perfectamente ordenadas en cuadrículas, como ocurre con las típicas ciudades norteamericanas, solo que en este caso, algunas calles eran de tierra, y dentro de las manzanas, los edificios estaban distribuidos aleatoriamente. El país me pareció curioso, no tan inseguro como presuponía, pero digno de una visita, por lo menos.