Los cerdos de Bahamas

Una de las ventajas de mi trabajo es viajar a sitios paradisíacos. En este caso, Bahamas. El hecho de haber estado trabajando durante semanas para un proyecto allí, no hizo sino alimentar las ganas de visitar el país, aunque con tanto trabajo no pude reparar en las actividades que podría hacer. Debido a que la visita iba a ser de pocos días e iba a tener tiempo de ocio reducido, me limité a confiar el disfrute a lo que Nassau me podía ofrecer y mi instinto me permitiera descubrir. Solo me hizo falta unos minutos en el avión para darme cuenta de que quizás había pecado de estupidez.

Fui uno de los últimos en llegar en el avión, y según entré percibí algo raro. La mitad de los pasajeros eran turistas rancios de película de serie B. Nada que no hubiera visto antes: camisetas de Disneyland, pantalones cortos docker anchos y chanclas de carrefour. Lo perturbador era el segundo tipo de pasajeros: hombres de negocios trajeados, gomina para exportar y un sospechoso tufo a Trump. Algo olía a Gurtel en ese avión.

En realidad, eso no fue más que el aperitivo de lo que encontré al llegar a Nassau. Después de atisbar playas paradisiacas, lo que encuentras es una población humilde desarrollada parcialmente, salpicada de complejos hoteleros y urbanizaciones privadas perfectamente separadas del entorno. El summum lo encuentras cuando llegan las avalanchas de turistas procedentes de cruceros mastodónticos, los cuales atracan en el puerto durante unos días, colonizan las áreas turísticas y las playas y se vuelven por donde han venido cargados de souvenirs y quemaduras de primer grado.

Y es que Bahamas acusa uno de los males de muchos países en desarrollo y, en este caso además, de ser un paraíso fiscal: movimientos de millones de dólares, los cuales no se materializan en mejoras en el país.Vista Bahamas Mi aventura comenzó con un atasco de hora y media, en la que por fin llegué a la primera reunión que tenía prevista con una media hora de retraso. Para mi sorpresa, fui el primero en llegar. La siguiente hora la pasé con el umpa lumpa de la oficina, o lo que es lo mismo, el informático. Todo para lograr establecer comunicación entre nuestra sala de reuniones y las de nuestros colegas en otros países, aunque por las complicaciones parecía que estábamos tratando de conectar con el rover de la Nasa que pasea por Marte. Al final, trabajamos con una calidad de señal pobre. Tan pobre que por la cámara, mis compañeros no eran capaces de reconocerme a pesar de que en la sala éramos 11 negros y yo. Mi otro compañero no pudo unirse al viaje ya que tenía gripe.

Los asistentes me preguntaron por el compañero que se ausentó debido a la gripe. Les expliqué que había epidemia de gripe en Europa y Estados Unidos, a lo que me respondieron con más preguntas sobre en qué consistía exactamente la gripe, ya que no tenían de eso allí. En ese momento no pude evitar sentirme culpable e imaginarme como un soldado colonizador del ejército de Hernán Cortés trayendo todo tipo de mierda bacteriana en mi cuerpo preparada para acabar con la feliz vida de aquellos isleños. Finalmente, uno de ellos asumió que probablemente acabaría llegando porque todo lo americano les acaba llegando a la isla. Es lo que tienen estos países tan desarrollados. Todo lo que mola lo exportan: apps para el móvil, netflix, la gripe…

De vuelta en el hotel, me entretuve viendo las opciones de ocio recomendadas. Y resultó que la más llamativa era una isla llena de cerdos. Es cierto que durante mis desplazamientos, no dejé de ver publicidad acerca de las distintas ofertas turísticas que hay en todas las islas, y con cierta recurrencia, se veían fotos de cerdos en uno y otro lado: caras de cerdos enormes, cerdos jugando en la playa, cerdos nadando con turistas sujetando cubatas o cerdos correteando entre los cocoteros. Tras un momento breve de confusión pensando en la posibilidad de que Bahamas tuviera algún tipo de producción jamonera, descubrí que Bahamas no es solo un paraíso fiscal, sino un paraíso porcino también. Las fotos de los cerdos venían acompañadas con eslóganes del tipo ¿quién querría nadar con delfines pudiendo nadar con cerdos?. Claro visto así, de manera tan contundente, uno no puede discrepar.

Finalmente, dejé la opción de los cerdos para otra ocasión y me limité a pasear por las playas cercanas a la ciudad. La aventura la cerré como la empecé, en una avión lleno de corbatas, gomina y, en este caso, turistas abrasados por el sol.

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USA para tontos

Probablemente Estados Unidos es el país del que se tiene más información alrededor del mundo y del que hay más mitos circulando. Normalmente, la gente se hace una idea basada en estereotipos Hollywoodienses. Siguiendo la entrada anterior, voy a dejar unas pequeñas reflexiones para continuar alimentando esa imagen. No obstante, cabe decir, que hay una gran diferencia entre las grandes ciudades y las zonas rurales (que son muchísimas). Diferencias que se observan en el estilo de vida, la comida, la forma de pensar o el conocimiento del “exterior”.

Los americanos son amantes de la comida rápida. Sí, es muy común. Las ciudades están llenas de cadenas de comida rápida. Aludiendo a Félix Rodríguez de la Fuente diría que una ardilla podría cruzar el país de McDonald’s en McDonald’s sin tocar el suelo. Si bien es cierto que las cadenas de comida rápida abundan, no son la opción favorita de todo el mundo. En las ciudades suele haber más opciones y en los suburbios es muy corriente encontrar centros donde se agrupan estos sitios de comida junto con tiendas de todo tipo.

Frutas y verduras. Otro mito extendido. Sí que hay verduras y frutas. La calidad varía enormemente en función del precio. Y contra todo pronóstico, los americanos no se alimentan de hamburguesas únicamente: saben cocinar. Es cierto que la comida americana es diferente de a la española, y hay menos variedad de sabores, pero me temo que pueden cocinar. Aunque muchas veces se les vaya la mano con la mantequilla o el azúcar. Otro aspecto “entrañable” es la manera con la que cocinan alimentos ajenos a su dieta diaria: he visto a amigos míos friendo un fuet (traído de España) para desayunar mientras yo dejaba escapar dos tímidas lágrimas.

Cuestión de paletos. Muchos tenemos en mente la imagen típica del cateto medio americano que no sabe situar Alemania en un mapa. A pesar de los chistes que se pueden hacer al respecto, y a pesar de las carencias del sistema educativo americano, ese perfil no es el más representativo de los americanos. El cazurro estándar es una realidad, pero supongo que cuando se hacen ese tipo de encuestas en España sucede lo mismo. Porque, siendo honesto, vengo de un país donde la estrella de moda no es capaz de situar España en un mapamundi.

¡Gordos! Sinceramente, en las ciudades no se ven todos los obesos que podría imaginar. Pero es cierto que es común ver gente gorda, y no ya eso, sino gente mórbida. En este caso, la estampa futurista de Wall-e donde la gente se transporta en monopatines que llevan incorporado la bebida, existe. Es fácil ver mega-gordos en carritos motorizados tomando Coca-Cola de vainilla mientras hacen la compra. Impactante. He de decir que, por otro lado, también hay mucha gente haciendo deporte para compensarlo.

Vuelos baratos. Creo que es lo que la gente más me repitió antes de mudarme a Estados Unidos: “aprovecha para viajar porque creo que los vuelos internos son muy baratos”. Error. Los vuelos no solo no son baratos, sino que en muchos casos son ofensivamente caros. Barato es cruzar Europa por 50 euros. Aquí, el precio medio no suele bajar de los 300 dólares y aunque se encuentran chollos, no es lo más común.

Salvadores del mundo. Si algo nos enseña el cine americano y las estrellas que lo exportan es que el mundo es un lugar mejor gracias a Estados Unidos. Este tipo de demagogia no está extendida por toda la sociedad. Normalmente, esa imagen de salvadores es una idea retrograda y limitada. Me temo que cuando USA se mete en conflictos internacionales, no responde a la necesidad de salvación del prójimo si no a intereses económicos y de seguridad propia. Supongo que como la mayoría de los países, solo que en este caso a mayor escala. (enlace a red social quejándose de España)

Políticos. Sí señores, Trump existe. No es un invento de los medios de comunicación. Y lo que es peor. Tiene mucha gente que le apoya. USA cuenta con algunos de los mejores y más carismáticos políticos que hay hoy en día, pero también cuenta con engendros de político que tienen demasiada voz. Quiero pensar que esta versión americana de Putin no tendrá cabida en la política americana mucho más tiempo.

¡Dispara! Las armas son una realidad. USA  cuenta con los niveles más altos del mundo de asesinatos por armas de fuego, esto unido a que no existe un sistema sanitario público que se encargue de los locos y depresivos, forma un cocktail explosivo que se traduce en matanzas todos los años. Gran parte de la sociedad se opone a la legalización de las armas, pero hoy por hoy, el lobby de las armas es mucho más fuerte que la voluntad de la sociedad.  No obstante, ellos lo saben y es un debate permanente en la sociedad.

La ropa. Un tema importante. Hay grandes diferencias entre áreas cosmopolitas y el resto, pero por si algo se caracterizan los americanos, es por ser los reyes de la comodidad. Es normal ver gente con ropa holgada: del tipo chinos y deportivas. Sinceramente, lo de las chanclas con calcetines no lo termino de entender pero lo he visto y sí: es un conjunto de fondo de armario muy común.

Para ahondar más en asuntos americanos, recomiendo al experto por excelencia de mayor reconocimiento de España: Goyo Jiménez.

Egipto para tontos

Hace tiempo, una amiga inglesa me preguntó que qué pasaba en España si llegaba la hora de la siesta y estabas conduciendo. Lo que pensé en su momento es que esa chica tenía las neuronas fritas del abuso de comida rápida. Con el tiempo, me di cuenta de que simplemente era víctima de la información distorsionada que le llegaba de España. La misma cara se me quedó cuando volví a España tras vivir casi 2 años en Egipto y la gente me preguntaba cuestiones del mismo nivel. Por eso, de manera rápida (y cómica), daré algunas pistas sobre el país.

El alcohol: algo que, al parecer, es trascendental para la mayoría de los occidentales. Sí hay alcohol en Egipto. Sólo los locales que tienen licencia pueden ofrecerlo y no es legal beber en la calle. Incluso sirven alcohol a domicilio a través de una empresa llamada Drinkies. De hecho, Egipto tiene sus propias marcas de alcohol: todas muy poco recomendables. Beber alcohol egipcio es como beberte fukushima en vaso de tubo. Y es que es bien sabido que el alcohol egipcio se caracteriza por causar directamente la resaca, omitiendo la feliz borrachera: es algo mágico que provoca que te explote la cabeza.

¡La comida! Puedes encontrar todo tipo de comida: oriental y occidental. Y es que El Cairo tiene más cadenas de comida rápida que España. Y todas van a domicilio. Incluso el McDonalds. De hecho, hasta los supermercados hacen servicio a domicilio y si sabes con quién hablar, hasta los mercadillos (o zocos) se apuntan al servicio a domicilio.

¿Plagios? Si pensabas que los chinos son los reyes del plagio, es que no conoces a los egipcios. Éstos hacen que los asiáticos sean meros aprendices. En Egipto puedes encontrar desde coches Foyota, hasta la marca de galletas más famosa del país: las Borio. Básicamente es como una Oreo, pero un poco más grande. Y así, con todo: hamburgueserías McDowals, bocadillerías Subday, ropa deportiva de adodas, etc. Todo un placer para el humor, que no para el estómago. foyota

borio copia

Entre los comercios puedes encontrar una verdadera mezcla de estilo de vida entre occidente y oriente: Una tienda de falafel seguido del Apple Store. Zara al lado de comercios locales de galabeyas (las túnicas blancas), etc. Es cierto que en general la moda es un pelín hortera y si huyes el estilo safari-hippy, es fácil caer atrapado en un bucle ochenteno de la moda. Un apunte importante es que no es obligatorio llevar velo. Se lleva voluntariamente, aunque en determinados contextos, la presión social puede ser muy elevada.

No hay un solo idioma árabe común en todos los países de la región. Está el árabe clásico (como nuestro latín), y las variedades dialectales de cada país, por lo que cada país tiene sus variaciones. Egipto es como el Hollywood de oriente medio, motivo por el cual, su variedad dialectal es más conocida en el resto de países.

¿Realmente hace calor todo el año? Me temo que en Egipto también hace frío. En contra de lo que la mayoría piensa, en invierno sí hace frío. No es que haga una temperatura extrema pero las temperaturas pueden bajar de los 10 grados. También es cierto que la mayoría de las casas están muy mal aisladas y la sensación térmica es menor. Un amigo egipcio me dijo que una vez en una tetería en El Cairo vio nevar. Vete a saber, lo mismo eran las cenizas de la shisha que se estaba fumando el fulano de al lado y no supo diferenciarlo.

¿He dicho hipsters? Eso parece. En El Cairo hay gente y ambientes muy molones. No siempre es fácil verlo, pero los hay. En general, como expatriado, vivir en El Cairo te da un punto molón. Y entre los egipcios también puedes encontrar gente y ambientes vanguardistas: la ciudad tiene locales que podrían perfectamente estar en Malasaña (barrio madrileño que explota el posturero de gafa-pasta a niveles desorbitados), o tiendas de cupcakes al mismo estilo neoyorkino. Además, la ciudad cuenta con una guía virtual que te permite enterarte de todas esa moñadas al instante.

La verdad que la mejor manera de descubrir el país es visitándolo. Ante la imposibilidad de muchos por hacerlo, espero que esto sirva para entender algunos aspectos irrelevantes del país.

Oh Dios mío ¡Brasil!

Hace más de 2 años, por motivos de trabajo tuve la oportunidad de comenzar a viajar a Brasil con bastante frecuencia. Una de las ventajas de mi nuevo trabajo era conocer mundo, lo que nadie me contó antes de empezar era que me pegaría jornadas maratonianas de trabajo saltando de ciudad en ciudad, cogiendo vuelos con la misma destreza con la que cojo taxis.

La verdad que el equipo de trabajo era, cuando menos, peculiar: el jefe, un tipo francés, lo que en España podría ser un parte-bocas y que en realidad era una mezcla perfecta entre Bruce Willis y el Diablo viste de Prada, con una especie de ira contenida y bruto a más no poder; un cuarentón japonés latinizado, que probablemente era el más dicharachero de todo el equipo, y un chino de mi edad: poco hablador, e inexpresivo hasta niveles insospechados. El equipo se completaba con un canadiense blanco, blanquísimo (casi azul) con pelos eléctricos pelirrojos, y varios compañeros brasileños. El primer día de viaje, nos presentamos formalmente fuera del entorno laboral y nos dispusimos a viajar.

Es curioso que todo el mundo piensa que cuando voy a Brasil de trabajo me paso el día de samba en samba caipiriña en mano. Nada más lejos de la realidad. Aunque soñé con esa idea en algún momento en el primer viaje, lo que no sabía era que ese iba a ser el primero de los viajes donde más ciudades visitara y menos viera, ya que básicamente consistía en trabajar y volar. De ciudad en ciudad. Sin parar.

Después de más de 13 horas de vuelo con escala hasta Salvador de Bahía, como no podía ser de otra manera, en el hotel tardaron en darnos las habitaciones una hora porque estaban colapsados, ya que estaban organizando unas conferencias sobre sexualidad. No quiero prejuzgar pero claro, en un país en el que algunos hoteles en vez de dar el siempre útil gorro de ducha, dejan preservativos sobre la almohada, da que pensar. Para ser justo, creo que en este caso, se trataba de campañas nacionales de concienciación sobre enfermedades de trasmisión sexual.playa 1

Después de esa pequeña anécdota que no ayudó para nada a desmontar los estereotipos brasileños, nos reunimos con otro compañero australiano que venía de que le robaran el móvil y la cartera en un mercado cercano. En el momento mostré rostro preocupado por él, aunque en pocos segundo pasé a pensar dónde me había metido. Los mejores momentos creo que sucedían durante las cenas, donde los compañeros de trabajo contaban sus infortunios en sus años de experiencia en la región: robos a punta pistola en un atasco y tirón del móvil parecían ser los más comunes. Además, en poco tiempo también descubrí que el canadiense siempre repetía la misma historia durante las cenas: se encargaba de contar a todos que pertenecía a la religión del Atlantis. De manera pomposa explicaba que no comía cosas que caminaran por la tierra o volaran por el aire (y yo siempre pensaba: “a ver poeta, obviamente no vas a comer cosas que vuelen por la tierra y caminen por el aire”). Básicamente contaba que era vegetariano de una forma pedante.

En otra de las cenas con nuestros clientes y con todo el equipo de trabajo, nos sirvieron cangrejos. Los bichos estaban más duros de lo normal y el restaurante no tenía tenazas, así que los comensales, supongo que por timidez, apenas los tocaron. Ante eso, mi jefe, el francés, comenzó a golpear y a aplastar cangrejos con el cuchillo y la mesa sin ningún tipo de remilgo. Por supuesto, el japonés y yo que ya teníamos cierta confianza nos dejamos alimentar sin pudor. Las caras de los clientes viéndonos al trío en acción eran un cuadro.playa 2

El trabajo tiene muchas ventajas. Quizás una de las mayores era interactuar con poblaciones indígenas que de algún modo estaban afectadas por nuestros proyectos. Algunos de los momentos más esperpénticos se daban cuando el canadiense se acercaba a los indígenas para entrevistarlos: vestido con camisas estridentes (lo que se conoce como camisas de guiri), unas gafas a lo Lady Gaga con forma de caja de zapatos que cubrían sus gafas normales, y un gran anillo con una bola verde que supongo que era la llave para regresar al Atlantis cada vez que lo necesitara. Decir que los indígenas flipaban con la escena del tipo descendiendo del coche es quedarse corto. Lo mejor es que detrás solíamos ir el japonés dicharachero y yo para completar la estampa.

Después de Salvador de Bahía fuimos a Brasilia. El vuelo fue bastante agitado. A un lado tenía al compañero chino. Impertérrito. Al otro, una chica que volaba por primera vez en avión desde su pueblo natal. Después de pegar unos cuantos bandazos y hacer dos intentos de aterrizaje empecé a pensar que quizás nos estrelláramos. La chica de mi lado me comenzó a agarrar clavándome la uñas, dando rienda suelta a un ataque de risa nerviosa. Le expliqué que eso era muy normal en los aviones, aunque en realidad estaba empezando a preocuparme. Siempre que tengo vuelos agitados intento comunicarme telepáticamente con mi madre para despedirme y decirle que no se preocupe, que la vida ha estado bien y que sigan disfrutando de la vida. En esos momentos de reflexión haciendo lo propio, miré al otro lado, donde se encontraba mi compañero asiático y una pregunta clara vino a mi mente: “¿En qué coño piensa el chino este?”. Nunca lo averigüé.

Finalmente descubrí que los vuelos con turbulencias eran una constante en Brasil. Y que las anécdotas de hotel también. En nuestro segundo hotel, decenas de adolescentes se agolpaban en la entrada. Desde dentro les oía cantar algo inteligible que creo que era inglés. ¿Quién lo iba a decir? Resulta que el inglés de los brasileños puede ser tan malo como el de los españoles. Después de minutos escuchando entendí que estaban cantando Let it go a Demi Lovato: cantante estadounidense de la factoría Disney con los problemas que eso conlleva (haber tomado drogas ricas, pasar por la anorexia y atravesar una fase un poco más guarrilla para demostrar que no es un producto Disney). Esto hizo que por el hotel me cruzara con adolescentes intentando llegar a la habitación de su ídolo. Muy inteligentemente, estaban disfrazadas de incógnito con las caras pintadas con mensajes cortos y pósters enormes. Estrategias de altura que obviamente no funcionaban.

Los días de trabajo pasaron y por fin llegó el viernes. Pensé que después de tanto trabajo por fin me iba a pegar la fiesta brasileña que tanto esperaba. Al bajar a la recepción del hotel me encontré a mi jefe francés solo, el cual me explicó que mis otros compañeros se habían quedando trabajando o haciendo skype, y que el único otro joven del equipo, el chino, no podía salir de la habitación porque su religión le prohibía hacer cualquier cosa desde que caía el sol el viernes hasta la noche del sábado. Esa fue la primera de muchas cenas con mi jefe, en las que creamos una relación basada en el trabajo y el humor negro. Cosas que él tenía en abundancia.noche luces

Solo en ese primer viaje, viajé a Salvador de Bahía, Brasilia, Sao Paulo, Pernambuco y Tocantins. Las densas jornadas de trabajo cogiendo decenas de vuelos, hizo que después de solo dos viajes de trabajo a Brasil consiguiera ser cliente platino de American Airlines. Quizás eso implicó la perdida de salud mental y esperanza de vida de manera proporcional. Pero era tiempo bien invertido.

Si bien este ritmo no ayuda a disfrutar del país como me gustaría, después de decenas de misiones he desarrollado una relación amor-odio con Brasil que supongo que mitificaré con los años. Lo cierto es que tras dos años de viajes continuos con semejante equipo de trabajo, he desarrollado un cariño especial por ellos, afianzado siempre por buenas dosis de humor negro y largos días de trabajo juntos.

 

 

Las (famosas) becas ICEX

Hace más de 3 años decidí cambiar de rumbo profesional y presentarme a las becas ICEX. Para quien no las conozca, grosso modo son unas becas de formación del Gobierno de España donde tras un año de máster en Madrid, trabajas otro año en una Embajada de España, y un tercer año para una empresa española (u organismo internacional) en cualquier lugar del mundo. Tras lo cual, sales mejor preparado que el Inspector Gadget para hacer lo que sea en cualquier tipo de empresa.

La aventura comienza con las pruebas de selección: un conjunto de exámenes y entrevistas infumables en las que se aseguran de que solo entren los mejores. O al menos esa es la teoría: he visto compañeros escribiendo el verbo coger con jota y confundir “a ver” con “haber”. En realidad, hay tantos becarios tan rarunos que creo que hay un gen ICEX (también llamado tara ICEX) que define nuestra rareza: el único problema es que uno mismo no es capaz de identificarla, pero está ahí. Somos como los X-men: cada uno tiene su habilidad especial que cree que mola, pero a los ojos del resto es una abominación. Siendo honesto, en el programa ICEX puedes encontrar tanto a la gente más rara (y friki), como a la más brillante que te puedas imaginar.

Una vez se hace la criba, comienza el año de máster, el cual se podría definir con un concepto: los juegos del hambre. Es un año de mucho aprendizaje donde te exprimen bastante y donde, a pesar del buen ambiente, hay bastante competición. Esto es debido a que todos dependemos de un ranking, el cual decide si pasas a la siguiente fase y, en caso afirmativo, a qué país te marchas. Así que, además de estar un año estudiando y haciendo trabajos en grupo (con el que más te vale llevarte bien), te pasas un año haciendo cábalas sobre posibles destinos y tus posibilidades de futuro. De manera general, en el máster hay dos tipos de perfiles: los estrategas y los felizonios. En algún caso te puedes topar con algún trepilla pero suelen ser casos aislados y se les acaba calando con cierta facilidad. También hay otro gremio bastante peculiar que se caracteriza por quejarse y reclamar. Incluso la última coma de un examen. Y es que acabas viendo que hasta de la mayor soberana gilipollez algún iluminado puede sacar tajada.

También en este año empiezan a circular diferente tipo de bulos y rumores: destinos que ya están dados a dedo, exámenes secretos de otros años, la variación del número de plazas, enchufes, escarceos entre estudiantes, etc. Si hay algo por lo que nos caracterizamos los becarios ICEX, es por funcionar como un gran teléfono escacharrado: hay muchos cotilleos entre becarios y la mitad son falsos o están tergiversados.

El año de máster culmina (normalmente) con la asignación de un destino. Y es cuando se conocen los destinos cuando empiezan las sorpresas: existe la teoría de que los destinos los asigna un mono señalando con una banana. Lo cierto es que en muchos casos los destinos tienen más sentido del que nos pensamos debido al perfil profesional que tenemos cada uno. Además, la realidad es que hay pocos destinos que no molen.

Y así comienza el segundo año, que en realidad es la fase ideal para los pagafantas. El concepto que define esta fase es el postureo. En su máximo esplendor. No hay nada como salir de occidente y viajar para subir la autoestima. De repente, nos introducimos en otras culturas donde resultamos ser exóticos, llamamos la atención, el ego empieza a crecer, nos piden fotos por la calle, la bola empieza a aumentar y ¡zas!, acabamos subiendo un sinfín de fotos ridículas a facebook.

Normalmente, el trabajo se realiza en las Ofecomes (Oficinas Económicas y Comerciales de las Embajadas de España), las cuales, muchas veces, funcionan como pequeños feudos. Aquí es una lotería lo que te puedes encontrar: hay oficinas que funcionan estupendamente y otras que se han convertido en un pequeño ministerio donde algunos funcionarios se deselvuelven perfectamente para simular que trabajan. Por supuesto, los becarios estamos a la altura, algunos se preocupan por mejorar lo que encuentran, y otros hacen patria de la picaresca española para esquivar mucho trabajo.

La verdad que este año puede ser el año de tu vida: puedes viajar a sitios increíbles, aprender muchísimo profesionalmente, conocer gente muy interesante y empaparte de otras culturas. Por supuesto, si te gusta el turismo más guiri también puedes encontrarlo: hacerte fotos con tigres drogados, montar en camello con bozal, subir fotos a instagram con rascacielos molones, pool parties, safaris, bucear entre delfines y tortugas, todo lo que te puedas imaginar estará al alcance de tu mano. Para no perder la costumbre de los dramas, algunos becarios se entretienen durante el año escandalizándose el día 28 de cada mes porque no han cobrado, para calmarse el día 29 de cada mes y ver que han cobrado.

Y por último llega el tercer año, el cual comienza con la selección de empresas y organismos multilaterales. Y aquí se da la definición de muerte por éxito. Te encuentras en una situación que nunca te hubieses imaginado (y menos en el mercado español): sufres el asedio de decenas de empresas que te ofrecen todo tipo de ofertas de trabajo: desde vender castañas en Soria, hasta promocionar juguetes eróticos por Andalucía, comerciar vino en China o construir carreteras en México. En este caso, la paciencia y la prudencia son los mejores aliados.

Generalmente, este año es más enriquecedor a nivel profesional y un poco más monótono a nivel personal, quizás por la resaca del año anterior, que en algunos casos puede durar mucho tiempo.

La verdad que la experiencia en conjunto es impagable. De manera general, los ICEX somos buena gente: algunos un poco flipados otros un poco plastas, pero en cualquier caso bastante espabilados y creativos (para muestra, un vídeo).

La ciénaga de Washington

Hace ya unos meses tuve la oportunidad de venir a trabajar a Washington. Cuando al principio lo contaba, la gente empezó a felicitarme por la decisión tomada. No obstante, empecé a preocuparme cuando algunos me decían entre risas los motes que tenía la ciudad: creo que el único que recuerdo ahora es “Washington, la ciudad de los feos”. De manera general, la ciudad es un sitio muy cómodo para vivir y todo el mundo es excesivamente agradable. Con el tiempo te das cuenta de por qué, a pesar de eso, la ciudad aburre más que Teruel. En agosto. A las 4 de la tarde.SONY DSC

Washington se construyó hace poco más de 200 años, después de un estudio concienciado y una decisión bien meditada: por eso, decidieron ubicarla dentro de una ciénaga. A partir de ahí, la pequeña zona urbana creció de manera homogénea en varias direcciones y parece ser que en los últimos años está viviendo una revolución que está dinamizando la ciudad, aunque yo todavía no lo consigo ver. La ciudad sufre de varios males, al margen del calor húmedo del verano, las nevadas repetitivas del invierno y las lluvias torrenciales en cualquier época del año. Es una ciudad con un número elevado de embajadas y organismos internacionales y eso hace que tenga cierto tufo a funcionario: horarios similares, estilos de vida organizados y vidas monótonas. A primera vista parece un gran pueblo, donde se repiten calles y calles, todas monísimas y todas iguales. Cuando la conoces un poco más, compruebas que tiene calidad de vida pero que carece de lo que Austin Powers llamaría mojo.

La gente siempre habla de lo mismo: el trabajo y lo que mola la propia ciudad (lo cual no entiendo). En muchos casos las conversaciones se reducen a 3 frases y un “have a nice day”. Y es que la ciudad no carece de actividad, pero la que tiene es monótona y repetitiva. Le falta alma e historia. Quizás sea un problema de los habitantes, porque estamos hablando de gente que para ligar en los bares se da la tarjeta de negocios. Tal es así, que un amigo mío en una noche de borrachera, empezó a gritar a los presentes: “más bailar, menos networking”.

La fiesta está hecha para empollones, de hecho, tengo la teoría de que si disfrutas de la fiesta en Washington es que eres o has sido empollón. Las zonas de ambiente se reducen a 3 o 4 calles: la calle 14 con la U, que es como el extrarradio de Madrid; Adams Morgan, que tiene un punto más Benidorm; y la calle H, donde el ambiente es un poco más alternativo, pero siempre dentro de los estándares de Washington, claro. La mayoría de los bares son similares, y por norma general ponen la música alta pero nadie baila: esto hace que las conversaciones se conviertan en un cruce de gritos entre colegas. La alternativa son las fiestas en casas, donde lo más emocionante que puede pasar es que alguien derrame una cerveza, porque la gente no baila y se deja llevar, si no que toman algo mientras charlan sosegadamente. Disfrutando a tope.

De manera general hay dos tipos de trabajadores: gente más o menos joven que van perfectamente conjuntados y perfectamente despeinados, los cuales comúnmente combinan los cordones de los zapatos con el color de las corbatas (los más arriesgados, en un acto de creatividad, los combinan con la suelas de los zapatos). Y por otro lado, están los reyes del estilo: gente con el físico un poco más deteriorado y que visten trajes dos tallas más grandes con estilo ochentero como sacados de un videoclip de Modern Talking. Estos últimos suelen ser americanos intentando ir elegantes.  Claro que yo hubiese esperado algo incluso peor, viniendo de gente que para ir cómodos se ponen chanclas con calcetines de deporte.

Creo que todo este cúmulo de cosas hace que la ciudad sea el sitio ideal para gente madura con hijos y que busca una vida muy tranquila. He de reconocer que la ciudad no me da el asco que me producía al principio, pero todavía estoy aprendiendo a quererla.

Sudán: el regreso

Cuando ya pensaba que el año estaba más o menos acabado en Egipto, me dijeron que tenía que viajar a Sudán otra vez para compartir todo mi conocimiento con la nueva responsable de mi oficina. En el mismo momento en el que me lo decían todo lo que pasaba por mi cabeza eran imágenes de tribus africanas asaltando el coche de mi jefa con piedras y palos.

Después de un tiempo de asimilación y preparación de la agenda de negocios, allí me presenté con mi compañera de trabajo. Repetir el viaje me permitió vivir nuevas experiencias y ampliar mi conocimiento sobre los lugares y gente que ya conocía.

En primer lugar, el hotel donde me hospedé, el cual yo pensaba que era un tranquilo hostal regentado por alemanes, resultó ser una antigua casa de fiestas ilegales propiedad de un hippy, donde había alcohol de contrabando a precio económico. El chiringuito se vino abajo tras una redada que hizo que cesaran las fiestas y continuaran con el turismo y la hostelería.

Esta vez, realicé más trayectos en coche, lo que me permitió poder observar más la ciudad. Me di cuenta de que hay un gran número de famosos europeos y americanos que, me atrevería a decir, no saben que son la imagen de numerosos negocios. Por ejemplo, Ana kurnikova es la imagen de unos jabones sudaneses, Chris Brown de unas tintorerías, Brad Pitt de unas peluquerías turcas, Cristiano Ronaldo de unas barberías y así hasta el infinito.

Alguna gente me avisó de que llevara la ropa adecuada ya que era invierno. La temperatura media en invierno es de 36 grados centígrados. Pero no deja de ser invierno. Por eso, era normal ver gente por la mañana llevando abrigos y guantes, mientras yo hacía verdaderos esfuerzos para respirar sin jadear por el calor que hacía.

Durante la semana, las reuniones fueron bien. Muchas de ellas fueron en árabe. Esto me permitió darme cuenta de que tengo el nivel de árabe suficiente para mal interpretar cualquier conversación. Sé de qué están hablando pero puedo entender lo inverso sin ningún problema.

Una de las reuniones que tuve fue con la Asociación de mujeres de negocios sudanesas. Lo que faltaba decir en la descripción era que eran mujeres gigantes sudanesas. Una vez llegamos a las oficinas, todo estaba lleno de fotos de mujeres gigantes con diferentes personalidades occidentales. Debían de ser la versión africana de las amazonas, pero con grandes sonrisas, vestidos de colores y cuerpos más orondos. Una vez dentro de la asociación, pude comprobar que las mujeres eran en realidad normales y que solo la presidenta era gigante y ella era la que aparecía en todas las fotos. Para recibirnos se puso sus mejores galas: un vestido de leopardo y unos tacones a la altura. Creo que esa mujer calzaba como mínimo, el mismo pie que yo, y para dar una referencia, tengo varios amigos que me han dicho que tengo pies de hobbit. Aquello era un desparrame de dedos gigantes saliendo de una sandalia estampada.

Cada reunión ofrecía una anécdota diferente: un empresario nos recibió descalzo porque le pillamos rezando. Otro me ofreció un zumo de mango y me obligó a beberlo con una pajita de esas que tienen un rizo infinito, mientras el resto del personal disfrutaba de zumos de naranja normales con pajitas ordinarias. Pero claro, yo era el joven y me estaba haciendo un guiño simpático. Básicamente, me pasé la reunión intentando escuchar como hablaban otras dos personas sobre oportunidades comerciales en la agricultura, mientras el empresario en cuestión me miraba sonriente, e invitaba con la mano a beber un zumo más denso que el chapapote. De esa reunión salí con las oportunas anotaciones y dolor de mandíbula.

Ahora que me muevo con más soltura en el país y después de reunirme con empresarios y mafiosos, empiezo a entender los intríngulis y la ética de los profesionales del sector. Por ejemplo, Estados Unidos tiene un embargo sobre Sudán que impide cualquier actividad comercial de empresarios que tengan el más mínimo interés en Estados Unidos. Esto hace que países enteros veten las operaciones con Sudán, entre otros, toda la Unión Europea. Pero por otro lado, el propio Estados Unidos concede autorizaciones puntuales a sus empresas para saltarse esa barrera si es de interés para la economía yankee. Por eso, son los terceros países los que no pueden operar con Sudán, y Estados Unidos se beneficia de esa “ventaja”.

Por otro lado, hay un conocido político sudanés condenado por crímenes de guerra por el tribunal de La Haya con el que nadie se puede reunir legalmente, pero que es, a su vez, de los mejores posicionados en el país y tiene un volumen de negocio con el exterior bastante relevante. Supongo que es una cuestión de principios. O bueno, de ausencia de ellos.

La despedida de este viaje tuvo lugar con un espectáculo flamenco en la residencia del Embajador. He de reconocer que era el primer espectáculo flamenco al que asistía, aunque no debía ser el único. No sé que pasa con los españoles, que cuando están en el extranjero sienten el flamenco con una pasión como si lo escucharan todos los días. En algunos momentos de la actuación, hasta los policías del arco de seguridad se arrancaban a gritar “¡olé!” con las manos abiertas hacia el frente y una pequeña sacudida de cuello.

La verdad que fue la mejor manera de despedir la visita. Bueno, eso, y el retraso de dos horas que tuve en el aeropuerto en el viaje de vuelta.