La ciudadela

Poco a poco voy visitando las diferentes partes de Cairo. He de reconocer que me lo estoy tomando con calma y parece que el tiempo se echa encima porque hay bastantes cosas que me quedan pendientes.

El fin de semana pasado fui a ver la Ciudadela de El Cairo: un conjunto de mezquitas y palacios amurallados en un montaña. Después de preguntar a 4 taxistas, que se negaban a poner el contador, nos recogió un quinto taxista, que amablemente nos llevó con el contador puesto y amablemente nos estafó dándonos una vuelta por toda la ciudad. En este caso, me sentí más estúpido al ver la estafa en tiempo real y no una vez que llegas a casa y compruebas la ruta con el mapa. Lo prometo, para la próxima estaré más espabilado. O saltaré en marcha.

La ciudadela es muy llamativa. Es verdad que me impresionó más el conjunto de mezquitas de Estambul, pero ésta no se queda corta. En este caso, el hecho de que esté tan lleno de polvo no ayuda a su mantenimiento pero a la vez le da esa gracia egipcia.SONY DSC

Lo bueno de que haya tanto polvo es que los muros adquieren una profundidad muy bonita y la luz que entra por las ventanas de las mezquitas se ve claramente con los rayos muy definidos. Lo malo de que haya tanto polvo es que la cámara a veces se resiente, y bueno, la sequedad del ambiente te reseca la napia a niveles antes desconocidos para mi.

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Las vistas desde la ciudadela son espectaculares porque, en teoría, te permiten ver casi toda la ciudad. En realidad, si no coges un día limpio, no ves más allá de donde la capa de polvo, plomo y neblina te permite: o lo que aquí solemos decir con mucho ahínco “la pedazo capa de mierda”. Ese día no conseguimos llegar a ver las pirámides desde allí, pero sí que nos quedamos con una buena panorámica de la ciudad.

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Concierto de música nubia

Antes de ayer fui a un concierto de música nubia. El concierto tuvo lugar en una pequeña sala llamada Makan (que traducido del árabe sería “el lugar”). El garito me recordaba a un garaje de adobe similares a otros que creo que he visto en el pueblo de mi padre en la Castilla profunda. En este caso, en lugar de ovejas o herramientas llenas de polvo, había sillas y una banda nubia. He de reconocer que hasta dos horas antes no tenía ni idea de lo que era.

La banda que tocaba era un grupo de nubios vestidos con garabeyas. Por la euforia del familiar público, debían de ser como los Back Street Boys en versión beduina: Lo que se traduce en estar algo más moreno y arrugado como una pasa.

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La verdad que la música me gustó muchísimo aunque no tengo ni idea de que decían. Debía de ser algo feliz porque el vocalista principal sonreía mucho y la gente le acompañaba en el jolgorio. Me llevé la gran satisfacción de ver que, haciendo un esfuerzo, era capaz de entender algo, casi todo palabras sueltas: “te veré” “tu tienes belleza” y cosas así. Vamos, muy básico. Si el tipo habló de política, guerra o amor no me llegué a enterar.

Ha llegado un paquete

El jueves me llegó una notificación a casa de que había recibido un paquete. Si soy honesto, tuve que preguntar a amigos egipcios que era exactamente porque para mi era indescifrable y lo podía haber interpretado como una multa o una receta de sopa de pollo y quedarme tan ancho.

El viernes, miré en un mapa donde estaba la oficina: no parecía lejos. Así que cogí la nota y me fui de un paseo hasta la oficina. Solo había que continuar mi calle, pasar tres rotondas, cruzar una autopista y ahí estaba la oficina. Los viernes la ciudad está tranquila, porque es el día del rezo, así que llegué sin problema hasta el edificio de correos. Era un edificio enorme, que parecía que estaba en obras, con un parking grande, bastantes árboles y camiones de reparto polvorientos. Abrí una puerta enorme y me topé con un hombre de pie y le pregunté. Me explicó que era el edificio de al lado (uno más modesto pero que estaba ubicado dentro de la finca donde me encontraba), pero que estaba cerrado los viernes. Así que volví a casa.

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El domingo, después de trabajar, volví a ir a la oficina. Fui a media tarde y la verdad que ese día si que se notaba más actividad. Para acceder a la oficina que me indicaron el día anterior había que acceder a un patio con plantas. Nuevamente estaba cerrada. Había un hombre merodeando entre las plantas, le enseñé la nota y me dijo que fuera por un pasillo lateral. Al acceder, había una especie de escriba al que le enseñé la nota. Me indicó a berridos que fuera a la otra habitación. En la siguiente habitación, había varios trabajadores. Le enseñé la nota a uno, me dijo que le preguntara a otro. Éste otro hizo un corrillo con varios, hablaron un poco, se rieron y decidieron decirme, entre risas y por unanimidad, que volviera mañana a la oficina de al lado. Así que volví a casa.

El martes, decidí ir más pronto, también después de trabajar. La carretera estaba bastante transitada, pero me fue fácil llegar. Fui directamente a la oficina por el pasillo lateral y le volví a enseñar la nota al tío de los berridos porque la puerta principal volvía a estar cerrada. Me dijo que volviera al día siguiente. Le pregunté que cuando abrían y por fin me indicó que solo abrían por la mañana. Así que volví a casa. Cuando llegué a casa, me habían dejado otra notificación de que recogiera el paquete en la oficina.

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El miércoles, en el trabajo, se fue la luz a eso de las 10. Así que cogí mi nota, le pregunté a mi jefe y me acerqué de una carrera, porque se tardaba “solo 5 minutos” Con la sudada, la gente, los coches, la autopista, etc. Llegué a la oficina. Que de repente era un sitio con muchísima vida, y ¡hasta tenía un mercadillo local de especias dentro!. Entré en la oficina que por fin estaba abierta, enseñé la nota, me pidieron el pasaporte, pagué unos 5 euros de trámites, cumplimenté un formulario, sellaron unas seis hojas y tras esperar un momento me dieron el paquete que tenía fecha de envío de noviembre.

Tras casi tres meses, 4 visitas a la oficina de correos y 5 euros de trámites, ¡tenía mi paquete!. No hace falta decir que los paquetes son agradecidos, pero menos sufridos si se mandan por transporte privado.

Fin de año en Estambul

Este año y por primera vez en mi vida, pasé la mitad de las navidades fuera de casa con unos amigos: El destino en este caso fue Estambul. La ciudad, a priori, no me atraía mucho, a pesar de todas las buenas referencias que me daban todas las personas que ya habían estado.  Tengo que decir que después de 4 días de turismo y fiesta la ciudad me conquistó. Estambul es una mezcla entre Europa y Oriente Medio. Puedes encontrar ambos mundos bien representados: Puedes comer ese cordero típico de los países árabes que parece haber sido alimentado con Salfumán, o comerte un McDonalds casero como en cualquier ciudad cercana. En ambos casos la digestión se antoja divertida.

P1050349En la ciudad hay varios iconos que merecen una visita: Santa Sofía, que desde fuera es cierto que parece una azucarera pero que por dentro es espectacular.

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La mezquita azul, una mezquita en la que tuvimos que esperar una hora a que terminarán el rezo y que una vez dentro, te ves en envuelto en una experiencia psicotrópica producida por dos motivos a partes iguales: los espectaculares techos y el intenso olor a pies de las moquetas.

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El espectáculo de los derviches, donde unos bailarines con faldas hasta los pies dan vueltas sin parar con cara de haber comido algo en mal estado. Es un espectáculo curioso, aunque si soy honesto, entre el público se contaba el mismo número de personas durmiendo que sacando fotografías.

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Entre otras experiencias, pudimos hacer un crucero por el Bósforo, que también es muy bonito, a pesar de que el frío nos dificultara la respiración. Por supuesto, también paseamos por el gran bazar (una especie de Carrefour pero de corte oriental), fuimos a la famosa calle Istiklan y vimos la Torre Galata.

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Concretamente el día de fin de año, no supimos que es lo que hacían cuando daban “las campanadas” hasta el mismo momento en el que hicimos la mundial cuenta atrás. En turco. Las horas previas a las 12 de la noche, la gente paseaba por la calle Istiklan de forma masiva, acompasada por la música de las fiestas de fin de año de los garitos cercanos. Aunque el ambiente es muy festivo y hay muchísimas ganas de fiesta, tengo que decir que en algunos momentos acojona. La gente gritaba tanto que hubo algún instante donde pensamos que era una manifestación donde iban a acabar a palos. Digamos que el hecho de que todo estuviera lleno de policía, algunos paisanos gritaran como holligans y en la calle hubiera material de obra fácilmente arrojable, nos despistó a la hora de entender su espíritu navideño.