Algo como transporte

Una de las cosas más identificativas de El Cairo es el tráfico: es una ciudad que por su morfología y funcionamiento está hecha para los coches. Las aceras, como se entienden en España, no existen: es como si cada bloque, local o negocio dispusiera de su trozo de acera. Por eso, hay tramos de acera de apenas 2 metros de longitud y tramos enteros de varias decenas, aunque esto es menos corriente. Cuando caminas por “las aceras” te ves esquivando bordillos, saltando agujeros y evitando pisar gatos, lo cual dificulta mucho la vida para los peatones y hace que las aceras sean raramente transitables, lo que se traduce en que por las calzadas circulen coches, personas, gatos, burros, y a veces, algún huron.

Las señales de tráfico, tal como las entendemos en Europa, no son iguales: los semáforos son muy escasos y creo que habré visto unos 3 o 4 pasos de cebra en toda la ciudad (nótese que son casi 20 millones de habitantes). Con estas premisas, pasear por El Cairo consiste mayormente en lanzarse a la calzada, esquivar coches con más o menos elegancia y naturalidad y rezar para no morir atropellado.

La manera de circular es sencilla, solo usan el claxon: Un pitido significa que yo paso y tu te apartas y me respetas. Dos pitidos que yo te voy a achuchar, pero te dejo pasar y me respetas. Tres pitidos o más significa que maldigo a toda tu familia, te escupo uno de mis dientes negros, yo paso y además, me respetas. Las luces las dejan para encenderlas intermitentemente cuando uno va rápido y se quiere hacer hueco entre los indecisos.

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Los taxis son para echarlos de comer a parte. El propio concepto de taxi difiere un poco de la idea que tenemos en la cabeza: son como una pequeña feria dentro del vehículo, yo me lo imagino algo así como debe de ser el coche de bodas de farruquito. Normalmente llevan felpudo peludo en la guantera y la bandeja de atrás (que puede ser de leopardo teñido o no), también incorporan algunos amuletos islámicos colgando del retrovisor, pegatinas en el techo que pueden ir desde el Spiderman sacado de una tómbola de Torrevieja, hasta un esqueleto, o incluso luces parpadeantes blancas, azules o rojas según el destilado gusto que el taxista tenga.

Montar en taxi es una experiencia, por decirlo de algún modo, sui generis. Puedes verte cogiendo rotondas en sentido contrario, entrando en cunetas para acortar caminos o adelantando entre coches como un caco huyendo de la policía. Para un novato como yo, esa sensación que solo puedes tener cuando montas en la montaña rusa o cuando te dan una noticia realmente importante, aquí es bastante común. Un día, de camino de casa de la casera, el taxista decidió tomar un atajo para evitar el grueso del atasco, y decidió hacerlo en sentido contrario: cuando tomas una rotonda en sentido contrario y ves coches y burros por todos los lados, la cara se te transforma, y supongo que debe asemejarse a la de Macaulay Culkin en el póster de “Solo en casa”. Creo que he tenido más subidas de adrenalina en este mes que en los últimos años.

Vine con la intención de conducir pero creo que las aspiraciones automovilísticas se han disipado gracias a mi más que atrofiado instinto de supervivencia.

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