La piscina

En mi grupo de amigos casi todos frecuentamos la piscina de un hotel del barrio, y todos hemos sufrido y disfrutado su rutina en alguna medida debido a la peculiar fauna que la visita. Esto es debido a que vemos cómo la piscina comienza el día impoluta y según pasan las horas, sufre una transformación hasta llegar a parecer una sopa de cocido. Los usuarios ofrecen diferentes estrategias de uso de la piscina según el día:

  • Se meten en el agua masticando chicle: si les molesta el chicle, lo sacan de la boca y lo apoyan en el bordillo.
  • Se meten en el agua llevando una escayola: ven que se empieza a deshacer y la golpean en un extremo para quitárselo del todo y seguir nadando.
  • Ven gente nadando por una lado de la piscina: les persiguen desde fuera o dentro del agua como divertimento o se cruzan transversalmente y buscan el choque.
  • Intentan salir del agua y como no pueden, utilizan el foco a modo de escalera hasta que lo arrancan.
  • Tienen calor de manera repentina: se meten en el agua aunque lleven calzoncillos y chándal.2013-07-12 14.57.29

Normalmente, puedes llegar a la última hora y nadar viendo solo algún papel hundido, pelos y el agua algo turbia. Si es tu día de suerte, puedes encontrar hasta chapas de coca cola. En algún caso, he visto hasta una pelea entre egipcios, porque ellos, que son muy pasionales, pueden acabar lanzándose ceniceros en la terraza del hotel por el orgullo de una mujer. Muchas veces, hay curiosos que observan a los expatriados nadar e intentan imitar las técnicas. Los más osados intentan nadar a tu lado o te preguntan cuantas veces respirar en cada brazada. Muchos practican el acoso a los nadadores en diferentes modalidades: nadar en diagonal de manera que en algún momento siempre se cruzan contigo; nadar transversalmente para chocarte en algún momento; O chapotear siempre hacia donde nadas, incluso si te mueves al otro lado de la piscina. El problema es que cuando nadan, normalmente, chapotean como si estuvieran peleando con un caimán. No es que la piscina esté abarrotada, he visto piscinas públicas en Madrid con mucha más gente que aquí. El problema es que 10 egipcios disfrutando del agua hacen más ruido que las fallas de Valencia. He usado varios trucos para evitar esto: ir a la hora del rezo (aunque parece no están muy practicantes últimamente), e ir a primera hora por la mañana cuando está vacía y limpia. Por lo menos, ahora que cae un poco la temperatura y el agua está más fría, parece que tenemos una tregua.

Un día de feria

Hace una semana nos tocó asistir a una feria, en calidad de feriantes, donde intentamos introducir varias empresas españolas en el mercado egipcio. Gracias a la mezcla de la cultura española y egipcia en un mismo espacio, la feria nos brindó momentos irrepetibles. El trabajo parecía sencillo: teníamos que mostrar el catálogo con las empresas y enseñar lo que ofrecían con la información que teníamos.

La mayoría de los asistentes nos preguntaron por restaurantes. Era fácil: en la cocina, los españoles somos buenos. En vendernos, ya no tanto: lo primero que se veía al abrir el catálogo de empresas era unas lonchitas de jamón serrano y unas copas de vino tinto. Cabe recordar que Egipto es un país mayoritariamente musulmán donde el cerdo y el alcohol no son tan populares como en la tierra patria. Cuando abrí la foto delante del primero de los clientes, sonreí con naturalidad y le expliqué las bondades de estos nuevos embutidos de vaca y su estupenda combinación con el zumo de uva que aparecía en la foto. A lo largo del día, y ayudado por el aburrimiento, fui perfeccionando la historia hasta llegar a decir que era un embutido ecológico de tofu.

Resulta que en Egipto, la gente se vuelve loca con todo lo gratis. Lo que sea. Vamos, como en España. Unos días antes de la feria, encontré en mi oficina unos pins de mi trabajo que habían sobrado hacía años de algún evento. Decidí darles salida y ponerlos en una cestita en nuestro stand. Pues bien, la gente se peleaba por cogerlos. Algunos se acercaban disimuladamente y cogían uno, se daban una vuelta a la feria, volvían y cogían otro. Hubo otros que los cogían y preguntaban que si eran gemelos de camisa, a lo que respondía que por supuesto. La verdad que la euforia recolectora no se ceñía solo a los pins. También nos cogieron los bolígrafos, aunque esos no los estábamos regalando: lo que se llama comúnmente hurto. Además, se llevaban los catálogos que estaban a la vista. De vez en cuando, venía a mi mente la típica voz de mercadillo: ¡madre mía, madre mía, que me los quitan de las manos señora! Ya por último, dos señores se intentaron llevar nuestras botellas de agua, a lo que me tuve que negar. Después de un simpático forcejeo con un jubilado, cada uno tirando de un extremo de la botella, desistí y dejé que se la llevara.

Las jornadas estuvieron acompañadas por música. Concretamente solo una canción: Yesterday, de los Beatles. Tocada a flauta y con estilo peruano. Tras varias horas de feria el pensamiento más recurrente en mi cabeza era que como pasase un solo minuto más escuchando esa melodía, me arrancaba las orejas y se las daba de comer a los gatos. De repente, me compadecí de esos pobres dependientes que les toca aguantar jornadas de 8 horas escuchando villancicos estridentes durantes las semanas previas a la navidad.

Dentro de la feria, había un gato que paseaba a sus anchas rondando nuestro stand. Con tanto desconcierto, pensé que seguramente también querría un pin. Cuando vi a uno de los hombres de seguridad perseguirlo con una porra para ahuyentarlo por uno de los pasillos, descubrí que estaba atraído por la comida de muestra que daban en el stand de enfrente.

En la feria pasamos muchas horas. Tantas que al final acabamos conociendo a los de los puestos de alrededor. Unas azafatas egipcias con cara de sorprendidas se encapricharon de mi y nos abastecieron de alimentos durante todas las jornadas: nos enviaron cafés, gofres, agua, posavasos, calendarios y el último día, ante el drama de la despedida, se hicieron fotos con nosotros. De cerca pudimos ver que no es que estuvieran siempre sorprendidas. En realidad se pintaban las cejas y lo hacían tan arriba que la cara de susto era inevitable.

Esta es la primera feria en la participo como expositor. Solo espero que si vienen más en el futuro, sean por lo menos tan entretenidas como esta.

La ciudadela

Poco a poco voy visitando las diferentes partes de Cairo. He de reconocer que me lo estoy tomando con calma y parece que el tiempo se echa encima porque hay bastantes cosas que me quedan pendientes.

El fin de semana pasado fui a ver la Ciudadela de El Cairo: un conjunto de mezquitas y palacios amurallados en un montaña. Después de preguntar a 4 taxistas, que se negaban a poner el contador, nos recogió un quinto taxista, que amablemente nos llevó con el contador puesto y amablemente nos estafó dándonos una vuelta por toda la ciudad. En este caso, me sentí más estúpido al ver la estafa en tiempo real y no una vez que llegas a casa y compruebas la ruta con el mapa. Lo prometo, para la próxima estaré más espabilado. O saltaré en marcha.

La ciudadela es muy llamativa. Es verdad que me impresionó más el conjunto de mezquitas de Estambul, pero ésta no se queda corta. En este caso, el hecho de que esté tan lleno de polvo no ayuda a su mantenimiento pero a la vez le da esa gracia egipcia.SONY DSC

Lo bueno de que haya tanto polvo es que los muros adquieren una profundidad muy bonita y la luz que entra por las ventanas de las mezquitas se ve claramente con los rayos muy definidos. Lo malo de que haya tanto polvo es que la cámara a veces se resiente, y bueno, la sequedad del ambiente te reseca la napia a niveles antes desconocidos para mi.

SONY DSC

Las vistas desde la ciudadela son espectaculares porque, en teoría, te permiten ver casi toda la ciudad. En realidad, si no coges un día limpio, no ves más allá de donde la capa de polvo, plomo y neblina te permite: o lo que aquí solemos decir con mucho ahínco “la pedazo capa de mierda”. Ese día no conseguimos llegar a ver las pirámides desde allí, pero sí que nos quedamos con una buena panorámica de la ciudad.

SONY DSC

Concierto de música nubia

Antes de ayer fui a un concierto de música nubia. El concierto tuvo lugar en una pequeña sala llamada Makan (que traducido del árabe sería “el lugar”). El garito me recordaba a un garaje de adobe similares a otros que creo que he visto en el pueblo de mi padre en la Castilla profunda. En este caso, en lugar de ovejas o herramientas llenas de polvo, había sillas y una banda nubia. He de reconocer que hasta dos horas antes no tenía ni idea de lo que era.

La banda que tocaba era un grupo de nubios vestidos con garabeyas. Por la euforia del familiar público, debían de ser como los Back Street Boys en versión beduina: Lo que se traduce en estar algo más moreno y arrugado como una pasa.

P1050454

La verdad que la música me gustó muchísimo aunque no tengo ni idea de que decían. Debía de ser algo feliz porque el vocalista principal sonreía mucho y la gente le acompañaba en el jolgorio. Me llevé la gran satisfacción de ver que, haciendo un esfuerzo, era capaz de entender algo, casi todo palabras sueltas: “te veré” “tu tienes belleza” y cosas así. Vamos, muy básico. Si el tipo habló de política, guerra o amor no me llegué a enterar.

Ha llegado un paquete

El jueves me llegó una notificación a casa de que había recibido un paquete. Si soy honesto, tuve que preguntar a amigos egipcios que era exactamente porque para mi era indescifrable y lo podía haber interpretado como una multa o una receta de sopa de pollo y quedarme tan ancho.

El viernes, miré en un mapa donde estaba la oficina: no parecía lejos. Así que cogí la nota y me fui de un paseo hasta la oficina. Solo había que continuar mi calle, pasar tres rotondas, cruzar una autopista y ahí estaba la oficina. Los viernes la ciudad está tranquila, porque es el día del rezo, así que llegué sin problema hasta el edificio de correos. Era un edificio enorme, que parecía que estaba en obras, con un parking grande, bastantes árboles y camiones de reparto polvorientos. Abrí una puerta enorme y me topé con un hombre de pie y le pregunté. Me explicó que era el edificio de al lado (uno más modesto pero que estaba ubicado dentro de la finca donde me encontraba), pero que estaba cerrado los viernes. Así que volví a casa.

P1050435

El domingo, después de trabajar, volví a ir a la oficina. Fui a media tarde y la verdad que ese día si que se notaba más actividad. Para acceder a la oficina que me indicaron el día anterior había que acceder a un patio con plantas. Nuevamente estaba cerrada. Había un hombre merodeando entre las plantas, le enseñé la nota y me dijo que fuera por un pasillo lateral. Al acceder, había una especie de escriba al que le enseñé la nota. Me indicó a berridos que fuera a la otra habitación. En la siguiente habitación, había varios trabajadores. Le enseñé la nota a uno, me dijo que le preguntara a otro. Éste otro hizo un corrillo con varios, hablaron un poco, se rieron y decidieron decirme, entre risas y por unanimidad, que volviera mañana a la oficina de al lado. Así que volví a casa.

El martes, decidí ir más pronto, también después de trabajar. La carretera estaba bastante transitada, pero me fue fácil llegar. Fui directamente a la oficina por el pasillo lateral y le volví a enseñar la nota al tío de los berridos porque la puerta principal volvía a estar cerrada. Me dijo que volviera al día siguiente. Le pregunté que cuando abrían y por fin me indicó que solo abrían por la mañana. Así que volví a casa. Cuando llegué a casa, me habían dejado otra notificación de que recogiera el paquete en la oficina.

P1050434

El miércoles, en el trabajo, se fue la luz a eso de las 10. Así que cogí mi nota, le pregunté a mi jefe y me acerqué de una carrera, porque se tardaba “solo 5 minutos” Con la sudada, la gente, los coches, la autopista, etc. Llegué a la oficina. Que de repente era un sitio con muchísima vida, y ¡hasta tenía un mercadillo local de especias dentro!. Entré en la oficina que por fin estaba abierta, enseñé la nota, me pidieron el pasaporte, pagué unos 5 euros de trámites, cumplimenté un formulario, sellaron unas seis hojas y tras esperar un momento me dieron el paquete que tenía fecha de envío de noviembre.

Tras casi tres meses, 4 visitas a la oficina de correos y 5 euros de trámites, ¡tenía mi paquete!. No hace falta decir que los paquetes son agradecidos, pero menos sufridos si se mandan por transporte privado.

Los bauabs

Los bauabs son lo que en España se conoce como los porteros. En este caso hay ciertas peculiaridades que los hacen diferentes de los porteros al uso. Suele haber más de uno por portal, normalmente visten con arabeyas (como camisones) y después de unos meses, sus funciones todavía me parecen difusas.

Tengo 5 bauabs que viven en el portal en un cuarto donde apenas cabe un colchón y se turnan para dormir. Tengo 5 bauabs a los que pago 200 libras egipcias al mes pero ninguno recoge la basura y la recoge otro tipo al que pago 10 libras. Tengo 5 bauabs, los cuales tienen una sonrisa de tamaño proporcional a las propinas que les des. Tengo 5 bauabs que fueron simpáticos hasta que les intenté regatear su sueldo, teniendo en cuenta que los occidentales pagamos bastante más que los locales. Tengo 5 bauabs pero tengo que pagar otras 200 libras egipcias para mantenimiento del edificio porque ellos no se ocupan de eso.

Para ser honesto, los bauabs suelen ser más dados ayudar en función de la relación que tengan con el inquilino. En mi edificio hay gente egipcia con pasta que los tienen un poco de lacayos: para subir y bajar compras y otros menesteres, llamar al ascensor, etc. También creo que tienen cierta función protectora, ya que se ocupan de que no entren extraños en el edificio y lo vigilan.

Cuando hemos tenido fiestas en casa, nos han recomendado dar una propina simbólica al bauab, porque así facilita las cosas. Eso hicimos la última vez y así fue, la gente nos comentaba una y otra vez cuan majos eran nuestros bauabs.

Las pirámides de Gizza

Después de llevar casi un mes y medio viviendo en Egipto, por fin he visitado las Pirámides de Giza.  Tiene poco mérito teniendo en cuenta que se encuentran a 25 minutos de mi casa en taxi.

Pirámides I

Después de llevar toda la vida viendo imágenes de las pirámides en películas y revistas, piensas que no te puede sorprender demasiado. ¡Pero no es así!. Aunque los motivos por los que sorprendan sean otros. Según íbamos llegando de repente aparecieron las pirámides inmensas entre los edificios. Esta imagen pronto se me fue de la vista cuando advertí que cuando reducíamos velocidad o llegábamos a un semáforo, algunas personas golpeaban el capó del coche. A medida que nos acercábamos cada vez más hombres golpeaban el coche y con más fuerza. La reacción del taxista era acelerar sin importarle a quien golpeara. Yo pensé, a ver si nos quieren robar y el taxista, sabiéndolo, está acelerando para dejarnos en un lugar seguro. Craso error. En ese momento decidí compartir mi pensamiento con el informático que también venía. Segundo craso error. Él pensó que era el mejor momento para decirme que mirara el titular que le había mandado el día anterior un amigo. El titular rezaba: “Zawahiri llama a los egipcios a completar la revolución y a secuestrar occidentales”. En ese mismo momento, cuando ya alcanzábamos lo que parecía ser la entrada principal a las pirámides, el taxista echó lo pestillos y giro a la izquierda. Con las pirámides de lado y adentrándonos en un suburbio cercano, el bullicio era mayor y el número de golpes que el coche recibía empezó a ser mayor. Con el corazón a cien, el taxista giro en una calle que de repente estaba desierta y volvió hacer otro quiebro en otra calle de tierra, paró el coche y dijo algo que, por supuesto, no entendimos. Les dije a mis amigos que se prepararan para correr. En ese momento, llegó otro amigo del taxista que hablaba inglés y nos dijo que contratáramos unos caballos para ir de pirámide en pirámide porque estaban muy lejos. Le dijimos que no, que ya teníamos contratado eso. El taxista nos dejó en lo que parecía la puerta de atrás de las pirámides y ahí nos adentramos.

En la entrada, el informático tuvo un pequeño problema digestivo, había estado toda la noche malo y ahora necesitaba urgentemente ir al servicio. La visita estaba saliendo redonda. Después de un poco de apuro y estrés por su parte, consiguió encontrar un baño. Yo me alegré. No quería que el titular del periódico del próximo día fuera que dos turistas se cagan en el emblema egipcio y desatan la segunda primavera árabe.

Piramides II

Ya en el recinto, vimos en lo que se han convertido las pirámides: una especie de Carrefour en el primer día de rebajas, pero con más gente. Había muchísima gente, carros, caballos, camellos, turistas, egipcios, coches y mucho polvo. Dentro, pudimos ver la esfinge, más pequeña de lo que esperaba, pero igualmente espectacular. Eso sí, rodeada de puestos de souvenirs y turistas. También pudimos ver las pirámides y sufrir el acoso de los vendedores de souvenirs. Tuvimos la suerte de encontrarnos con otros amigos egipcios que nos explicaron que los hombres que golpeaban el coche, eran guías turísticos que te “invitaban amablemente” a contratar sus servicios en las pirámides.

Pirámides III