Las (famosas) becas ICEX

Hace más de 3 años decidí cambiar de rumbo profesional y presentarme a las becas ICEX. Para quien no las conozca, grosso modo son unas becas de formación del Gobierno de España donde tras un año de máster en Madrid, trabajas otro año en una Embajada de España, y un tercer año para una empresa española (u organismo internacional) en cualquier lugar del mundo. Tras lo cual, sales mejor preparado que el Inspector Gadget para hacer lo que sea en cualquier tipo de empresa.

La aventura comienza con las pruebas de selección: un conjunto de exámenes y entrevistas infumables en las que se aseguran de que solo entren los mejores. O al menos esa es la teoría: he visto compañeros escribiendo el verbo coger con jota y confundir “a ver” con “haber”. En realidad, hay tantos becarios tan rarunos que creo que hay un gen ICEX (también llamado tara ICEX) que define nuestra rareza: el único problema es que uno mismo no es capaz de identificarla, pero está ahí. Somos como los X-men: cada uno tiene su habilidad especial que cree que mola, pero a los ojos del resto es una abominación. Siendo honesto, en el programa ICEX puedes encontrar tanto a la gente más rara (y friki), como a la más brillante que te puedas imaginar.

Una vez se hace la criba, comienza el año de máster, el cual se podría definir con un concepto: los juegos del hambre. Es un año de mucho aprendizaje donde te exprimen bastante y donde, a pesar del buen ambiente, hay bastante competición. Esto es debido a que todos dependemos de un ranking, el cual decide si pasas a la siguiente fase y, en caso afirmativo, a qué país te marchas. Así que, además de estar un año estudiando y haciendo trabajos en grupo (con el que más te vale llevarte bien), te pasas un año haciendo cábalas sobre posibles destinos y tus posibilidades de futuro. De manera general, en el máster hay dos tipos de perfiles: los estrategas y los felizonios. En algún caso te puedes topar con algún trepilla pero suelen ser casos aislados y se les acaba calando con cierta facilidad. También hay otro gremio bastante peculiar que se caracteriza por quejarse y reclamar. Incluso la última coma de un examen. Y es que acabas viendo que hasta de la mayor soberana gilipollez algún iluminado puede sacar tajada.

También en este año empiezan a circular diferente tipo de bulos y rumores: destinos que ya están dados a dedo, exámenes secretos de otros años, la variación del número de plazas, enchufes, escarceos entre estudiantes, etc. Si hay algo por lo que nos caracterizamos los becarios ICEX, es por funcionar como un gran teléfono escacharrado: hay muchos cotilleos entre becarios y la mitad son falsos o están tergiversados.

El año de máster culmina (normalmente) con la asignación de un destino. Y es cuando se conocen los destinos cuando empiezan las sorpresas: existe la teoría de que los destinos los asigna un mono señalando con una banana. Lo cierto es que en muchos casos los destinos tienen más sentido del que nos pensamos debido al perfil profesional que tenemos cada uno. Además, la realidad es que hay pocos destinos que no molen.

Y así comienza el segundo año, que en realidad es la fase ideal para los pagafantas. El concepto que define esta fase es el postureo. En su máximo esplendor. No hay nada como salir de occidente y viajar para subir la autoestima. De repente, nos introducimos en otras culturas donde resultamos ser exóticos, llamamos la atención, el ego empieza a crecer, nos piden fotos por la calle, la bola empieza a aumentar y ¡zas!, acabamos subiendo un sinfín de fotos ridículas a facebook.

Normalmente, el trabajo se realiza en las Ofecomes (Oficinas Económicas y Comerciales de las Embajadas de España), las cuales, muchas veces, funcionan como pequeños feudos. Aquí es una lotería lo que te puedes encontrar: hay oficinas que funcionan estupendamente y otras que se han convertido en un pequeño ministerio donde algunos funcionarios se deselvuelven perfectamente para simular que trabajan. Por supuesto, los becarios estamos a la altura, algunos se preocupan por mejorar lo que encuentran, y otros hacen patria de la picaresca española para esquivar mucho trabajo.

La verdad que este año puede ser el año de tu vida: puedes viajar a sitios increíbles, aprender muchísimo profesionalmente, conocer gente muy interesante y empaparte de otras culturas. Por supuesto, si te gusta el turismo más guiri también puedes encontrarlo: hacerte fotos con tigres drogados, montar en camello con bozal, subir fotos a instagram con rascacielos molones, pool parties, safaris, bucear entre delfines y tortugas, todo lo que te puedas imaginar estará al alcance de tu mano. Para no perder la costumbre de los dramas, algunos becarios se entretienen durante el año escandalizándose el día 28 de cada mes porque no han cobrado, para calmarse el día 29 de cada mes y ver que han cobrado.

Y por último llega el tercer año, el cual comienza con la selección de empresas y organismos multilaterales. Y aquí se da la definición de muerte por éxito. Te encuentras en una situación que nunca te hubieses imaginado (y menos en el mercado español): sufres el asedio de decenas de empresas que te ofrecen todo tipo de ofertas de trabajo: desde vender castañas en Soria, hasta promocionar juguetes eróticos por Andalucía, comerciar vino en China o construir carreteras en México. En este caso, la paciencia y la prudencia son los mejores aliados.

Generalmente, este año es más enriquecedor a nivel profesional y un poco más monótono a nivel personal, quizás por la resaca del año anterior, que en algunos casos puede durar mucho tiempo.

La verdad que la experiencia en conjunto es impagable. De manera general, los ICEX somos buena gente: algunos un poco flipados otros un poco plastas, pero en cualquier caso bastante espabilados y creativos (para muestra, un vídeo).

La ciénaga de Washington

Hace ya unos meses tuve la oportunidad de venir a trabajar a Washington. Cuando al principio lo contaba, la gente empezó a felicitarme por la decisión tomada. No obstante, empecé a preocuparme cuando algunos me decían entre risas los motes que tenía la ciudad: creo que el único que recuerdo ahora es “Washington, la ciudad de los feos”. De manera general, la ciudad es un sitio muy cómodo para vivir y todo el mundo es excesivamente agradable. Con el tiempo te das cuenta de por qué, a pesar de eso, la ciudad aburre más que Teruel. En agosto. A las 4 de la tarde.SONY DSC

Washington se construyó hace poco más de 200 años, después de un estudio concienciado y una decisión bien meditada: por eso, decidieron ubicarla dentro de una ciénaga. A partir de ahí, la pequeña zona urbana creció de manera homogénea en varias direcciones y parece ser que en los últimos años está viviendo una revolución que está dinamizando la ciudad, aunque yo todavía no lo consigo ver. La ciudad sufre de varios males, al margen del calor húmedo del verano, las nevadas repetitivas del invierno y las lluvias torrenciales en cualquier época del año. Es una ciudad con un número elevado de embajadas y organismos internacionales y eso hace que tenga cierto tufo a funcionario: horarios similares, estilos de vida organizados y vidas monótonas. A primera vista parece un gran pueblo, donde se repiten calles y calles, todas monísimas y todas iguales. Cuando la conoces un poco más, compruebas que tiene calidad de vida pero que carece de lo que Austin Powers llamaría mojo.

La gente siempre habla de lo mismo: el trabajo y lo que mola la propia ciudad (lo cual no entiendo). En muchos casos las conversaciones se reducen a 3 frases y un “have a nice day”. Y es que la ciudad no carece de actividad, pero la que tiene es monótona y repetitiva. Le falta alma e historia. Quizás sea un problema de los habitantes, porque estamos hablando de gente que para ligar en los bares se da la tarjeta de negocios. Tal es así, que un amigo mío en una noche de borrachera, empezó a gritar a los presentes: “más bailar, menos networking”.

La fiesta está hecha para empollones, de hecho, tengo la teoría de que si disfrutas de la fiesta en Washington es que eres o has sido empollón. Las zonas de ambiente se reducen a 3 o 4 calles: la calle 14 con la U, que es como el extrarradio de Madrid; Adams Morgan, que tiene un punto más Benidorm; y la calle H, donde el ambiente es un poco más alternativo, pero siempre dentro de los estándares de Washington, claro. La mayoría de los bares son similares, y por norma general ponen la música alta pero nadie baila: esto hace que las conversaciones se conviertan en un cruce de gritos entre colegas. La alternativa son las fiestas en casas, donde lo más emocionante que puede pasar es que alguien derrame una cerveza, porque la gente no baila y se deja llevar, si no que toman algo mientras charlan sosegadamente. Disfrutando a tope.

De manera general hay dos tipos de trabajadores: gente más o menos joven que van perfectamente conjuntados y perfectamente despeinados, los cuales comúnmente combinan los cordones de los zapatos con el color de las corbatas (los más arriesgados, en un acto de creatividad, los combinan con la suelas de los zapatos). Y por otro lado, están los reyes del estilo: gente con el físico un poco más deteriorado y que visten trajes dos tallas más grandes con estilo ochentero como sacados de un videoclip de Modern Talking. Estos últimos suelen ser americanos intentando ir elegantes.  Claro que yo hubiese esperado algo incluso peor, viniendo de gente que para ir cómodos se ponen chanclas con calcetines de deporte.

Creo que todo este cúmulo de cosas hace que la ciudad sea el sitio ideal para gente madura con hijos y que busca una vida muy tranquila. He de reconocer que la ciudad no me da el asco que me producía al principio, pero todavía estoy aprendiendo a quererla.