El Eid

Simplificando mucho, la fiesta de El Eid es como una especie de navidad musulmana. Básicamente son cuatro días en los que la gente celebra la fiesta matando cabras en las calles. Supongo que es algo así como los americanos con los pavos o los españoles con los lechazos, pero en plan gore y con un punto entre Tarantino y Al Jazeera.

happy eid

Semanas antes del acontecimiento, las carnicerías se llenan de cabras (vivas) que alimentan ahí mismo. Según se va acercando la fecha, el número de negocios que sacan las cabras a la calle aumenta también, y además, empieza a verse alguna vaca. Esto es algo a lo que te puedes acostumbrar a ver, aunque no deja de ser curioso que en el súper del barrio, de corte occidental, pongan un redil con unas cabras dentro. La estampa es tronchante cuando ya ves como cogen a la cabra y la meten en el carro de la compra cual saco de naranjas o bote de lejía.

A pocos días de tan señalada fecha, la gente (autóctona) te recomienda que salgas a la calle y disfrutes de la fiesta del pueblo; la gente (foránea), por otro lado, te recomienda que huyas lo más lejos posible y que evites el contacto con la más mínima gota de sangre de cabra. Valorando estos consejos, y aprovechando esos 4 días de fiesta, opté por huir a un oasis de escasa ocupación humana.

Lo poco que pude disfrutar de la fiesta del Eid fueron las horas previas a coger el autobús. La impresión que me dio es que se debe parecer a algo así como The Walking Dead: A primera hora de la mañana todo estaba desierto y no se veía un solo coche en movimiento (algo realmente extraño en Cairo) y horas después, empezaba la matanza y los ríos de sangre por las calles.

Esto, por suerte o por desgracia, no pude verlo. Quizás el año que viene.

Un taxi a la estación

Ya he dicho cómo montar en taxi se puede convertir en una experiencia irrepetible. La semana pasada, tenía que ir a la estación de autobuses, situada al otro lado del Nilo, a recoger unos billetes. Como de costumbre, tomé un taxi y le expliqué donde tenía que ir al taxista. Los taxistas siempre que les dices donde ir, se toman un par de segundos, en los que cambian su expresión a “estoy intentando resolver una raíz cuadrada de 4 cifras” para ya después acceder (normalmente) a llevarte.

Yo, en un alarde de nula originalidad, le dije las cuatro frases que puedo decir con más o menos soltura en árabe. Él asintió sonriente, contestó lo básico y terminó con la ya manida frase “Welcome to Egypt”. Una vez hecho el intercambio de gestos, comenzamos la ruta. El atasco fue aumentando hasta el colapso. Yo pensé, desde mi total ignorancia, que hubiese sido mejor tomar otra ruta más fácil que parecía menos congestionada,  pero ¿quién soy yo para cuestionarle? Poco a poco nos íbamos quedando más inmovilizados dentro de la calzada. Los pirulas típicas de los conductores egipcios se repetían a nuestro alrededor y el taxista se quejaba con cierta frecuencia. Al final de cada una de las quejas acababa mirándome y diciendo “Welcome to Egypt”. Yo al principio sonreía, después de 15 minutos solo miraba por la ventana y pensaba en como sería estar en un prado tranquilo de Centroeuropa.

Había comprobado la ruta en Googlemaps y a mi parecer, el conductor estaba subiendo demasiado al norte, pero seguí confiando. Había minutos en los que no nos movíamos y el conductor aprovechaba para relacionarse con otros conductores. Hubo un momento en el que empezó a hablar con el taxista de al lado, el cual llevaba a una familia entera en el taxi y tres cabras muertas sobre el capó. Esa imagen, el taxista fumando, la frase “Welcome to Egypt” sonando en mi cabeza, las ventanillas cubiertas con redecillas negras, no saber si me estaba timando… el mareo era inminente.

Después de un rato, dando vueltas por donde yo creía que debía caer la estación, ya asumí que en efecto, me estaba timando. Tenía dos posibilidades: dejar que me llevara hasta la estación y me sacara un par de euros de más, o bajarme en medio de lo que parecía ser una mezcla entre unos talleres de forja y una feria zíngara y buscar por mi mismo la estación. Finalmente esperé, a los dos minutos llegamos a la estación.  El taxi de vuelta me costó casi la mitad, aunque también es cierto que no encontramos atasco.

Algo como transporte

Una de las cosas más identificativas de El Cairo es el tráfico: es una ciudad que por su morfología y funcionamiento está hecha para los coches. Las aceras, como se entienden en España, no existen: es como si cada bloque, local o negocio dispusiera de su trozo de acera. Por eso, hay tramos de acera de apenas 2 metros de longitud y tramos enteros de varias decenas, aunque esto es menos corriente. Cuando caminas por “las aceras” te ves esquivando bordillos, saltando agujeros y evitando pisar gatos, lo cual dificulta mucho la vida para los peatones y hace que las aceras sean raramente transitables, lo que se traduce en que por las calzadas circulen coches, personas, gatos, burros, y a veces, algún huron.

Las señales de tráfico, tal como las entendemos en Europa, no son iguales: los semáforos son muy escasos y creo que habré visto unos 3 o 4 pasos de cebra en toda la ciudad (nótese que son casi 20 millones de habitantes). Con estas premisas, pasear por El Cairo consiste mayormente en lanzarse a la calzada, esquivar coches con más o menos elegancia y naturalidad y rezar para no morir atropellado.

La manera de circular es sencilla, solo usan el claxon: Un pitido significa que yo paso y tu te apartas y me respetas. Dos pitidos que yo te voy a achuchar, pero te dejo pasar y me respetas. Tres pitidos o más significa que maldigo a toda tu familia, te escupo uno de mis dientes negros, yo paso y además, me respetas. Las luces las dejan para encenderlas intermitentemente cuando uno va rápido y se quiere hacer hueco entre los indecisos.

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Los taxis son para echarlos de comer a parte. El propio concepto de taxi difiere un poco de la idea que tenemos en la cabeza: son como una pequeña feria dentro del vehículo, yo me lo imagino algo así como debe de ser el coche de bodas de farruquito. Normalmente llevan felpudo peludo en la guantera y la bandeja de atrás (que puede ser de leopardo teñido o no), también incorporan algunos amuletos islámicos colgando del retrovisor, pegatinas en el techo que pueden ir desde el Spiderman sacado de una tómbola de Torrevieja, hasta un esqueleto, o incluso luces parpadeantes blancas, azules o rojas según el destilado gusto que el taxista tenga.

Montar en taxi es una experiencia, por decirlo de algún modo, sui generis. Puedes verte cogiendo rotondas en sentido contrario, entrando en cunetas para acortar caminos o adelantando entre coches como un caco huyendo de la policía. Para un novato como yo, esa sensación que solo puedes tener cuando montas en la montaña rusa o cuando te dan una noticia realmente importante, aquí es bastante común. Un día, de camino de casa de la casera, el taxista decidió tomar un atajo para evitar el grueso del atasco, y decidió hacerlo en sentido contrario: cuando tomas una rotonda en sentido contrario y ves coches y burros por todos los lados, la cara se te transforma, y supongo que debe asemejarse a la de Macaulay Culkin en el póster de “Solo en casa”. Creo que he tenido más subidas de adrenalina en este mes que en los últimos años.

Vine con la intención de conducir pero creo que las aspiraciones automovilísticas se han disipado gracias a mi más que atrofiado instinto de supervivencia.