Un taxi a la estación

Ya he dicho cómo montar en taxi se puede convertir en una experiencia irrepetible. La semana pasada, tenía que ir a la estación de autobuses, situada al otro lado del Nilo, a recoger unos billetes. Como de costumbre, tomé un taxi y le expliqué donde tenía que ir al taxista. Los taxistas siempre que les dices donde ir, se toman un par de segundos, en los que cambian su expresión a “estoy intentando resolver una raíz cuadrada de 4 cifras” para ya después acceder (normalmente) a llevarte.

Yo, en un alarde de nula originalidad, le dije las cuatro frases que puedo decir con más o menos soltura en árabe. Él asintió sonriente, contestó lo básico y terminó con la ya manida frase “Welcome to Egypt”. Una vez hecho el intercambio de gestos, comenzamos la ruta. El atasco fue aumentando hasta el colapso. Yo pensé, desde mi total ignorancia, que hubiese sido mejor tomar otra ruta más fácil que parecía menos congestionada,  pero ¿quién soy yo para cuestionarle? Poco a poco nos íbamos quedando más inmovilizados dentro de la calzada. Los pirulas típicas de los conductores egipcios se repetían a nuestro alrededor y el taxista se quejaba con cierta frecuencia. Al final de cada una de las quejas acababa mirándome y diciendo “Welcome to Egypt”. Yo al principio sonreía, después de 15 minutos solo miraba por la ventana y pensaba en como sería estar en un prado tranquilo de Centroeuropa.

Había comprobado la ruta en Googlemaps y a mi parecer, el conductor estaba subiendo demasiado al norte, pero seguí confiando. Había minutos en los que no nos movíamos y el conductor aprovechaba para relacionarse con otros conductores. Hubo un momento en el que empezó a hablar con el taxista de al lado, el cual llevaba a una familia entera en el taxi y tres cabras muertas sobre el capó. Esa imagen, el taxista fumando, la frase “Welcome to Egypt” sonando en mi cabeza, las ventanillas cubiertas con redecillas negras, no saber si me estaba timando… el mareo era inminente.

Después de un rato, dando vueltas por donde yo creía que debía caer la estación, ya asumí que en efecto, me estaba timando. Tenía dos posibilidades: dejar que me llevara hasta la estación y me sacara un par de euros de más, o bajarme en medio de lo que parecía ser una mezcla entre unos talleres de forja y una feria zíngara y buscar por mi mismo la estación. Finalmente esperé, a los dos minutos llegamos a la estación.  El taxi de vuelta me costó casi la mitad, aunque también es cierto que no encontramos atasco.

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