Oh Dios mío ¡Brasil!

Hace más de 2 años, por motivos de trabajo tuve la oportunidad de comenzar a viajar a Brasil con bastante frecuencia. Una de las ventajas de mi nuevo trabajo era conocer mundo, lo que nadie me contó antes de empezar era que me pegaría jornadas maratonianas de trabajo saltando de ciudad en ciudad, cogiendo vuelos con la misma destreza con la que cojo taxis.

La verdad que el equipo de trabajo era, cuando menos, peculiar: el jefe, un tipo francés, lo que en España podría ser un parte-bocas y que en realidad era una mezcla perfecta entre Bruce Willis y el Diablo viste de Prada, con una especie de ira contenida y bruto a más no poder; un cuarentón japonés latinizado, que probablemente era el más dicharachero de todo el equipo, y un chino de mi edad: poco hablador, e inexpresivo hasta niveles insospechados. El equipo se completaba con un canadiense blanco, blanquísimo (casi azul) con pelos eléctricos pelirrojos, y varios compañeros brasileños. El primer día de viaje, nos presentamos formalmente fuera del entorno laboral y nos dispusimos a viajar.

Es curioso que todo el mundo piensa que cuando voy a Brasil de trabajo me paso el día de samba en samba caipiriña en mano. Nada más lejos de la realidad. Aunque soñé con esa idea en algún momento en el primer viaje, lo que no sabía era que ese iba a ser el primero de los viajes donde más ciudades visitara y menos viera, ya que básicamente consistía en trabajar y volar. De ciudad en ciudad. Sin parar.

Después de más de 13 horas de vuelo con escala hasta Salvador de Bahía, como no podía ser de otra manera, en el hotel tardaron en darnos las habitaciones una hora porque estaban colapsados, ya que estaban organizando unas conferencias sobre sexualidad. No quiero prejuzgar pero claro, en un país en el que algunos hoteles en vez de dar el siempre útil gorro de ducha, dejan preservativos sobre la almohada, da que pensar. Para ser justo, creo que en este caso, se trataba de campañas nacionales de concienciación sobre enfermedades de trasmisión sexual.playa 1

Después de esa pequeña anécdota que no ayudó para nada a desmontar los estereotipos brasileños, nos reunimos con otro compañero australiano que venía de que le robaran el móvil y la cartera en un mercado cercano. En el momento mostré rostro preocupado por él, aunque en pocos segundo pasé a pensar dónde me había metido. Los mejores momentos creo que sucedían durante las cenas, donde los compañeros de trabajo contaban sus infortunios en sus años de experiencia en la región: robos a punta pistola en un atasco y tirón del móvil parecían ser los más comunes. Además, en poco tiempo también descubrí que el canadiense siempre repetía la misma historia durante las cenas: se encargaba de contar a todos que pertenecía a la religión del Atlantis. De manera pomposa explicaba que no comía cosas que caminaran por la tierra o volaran por el aire (y yo siempre pensaba: “a ver poeta, obviamente no vas a comer cosas que vuelen por la tierra y caminen por el aire”). Básicamente contaba que era vegetariano de una forma pedante.

En otra de las cenas con nuestros clientes y con todo el equipo de trabajo, nos sirvieron cangrejos. Los bichos estaban más duros de lo normal y el restaurante no tenía tenazas, así que los comensales, supongo que por timidez, apenas los tocaron. Ante eso, mi jefe, el francés, comenzó a golpear y a aplastar cangrejos con el cuchillo y la mesa sin ningún tipo de remilgo. Por supuesto, el japonés y yo que ya teníamos cierta confianza nos dejamos alimentar sin pudor. Las caras de los clientes viéndonos al trío en acción eran un cuadro.playa 2

El trabajo tiene muchas ventajas. Quizás una de las mayores era interactuar con poblaciones indígenas que de algún modo estaban afectadas por nuestros proyectos. Algunos de los momentos más esperpénticos se daban cuando el canadiense se acercaba a los indígenas para entrevistarlos: vestido con camisas estridentes (lo que se conoce como camisas de guiri), unas gafas a lo Lady Gaga con forma de caja de zapatos que cubrían sus gafas normales, y un gran anillo con una bola verde que supongo que era la llave para regresar al Atlantis cada vez que lo necesitara. Decir que los indígenas flipaban con la escena del tipo descendiendo del coche es quedarse corto. Lo mejor es que detrás solíamos ir el japonés dicharachero y yo para completar la estampa.

Después de Salvador de Bahía fuimos a Brasilia. El vuelo fue bastante agitado. A un lado tenía al compañero chino. Impertérrito. Al otro, una chica que volaba por primera vez en avión desde su pueblo natal. Después de pegar unos cuantos bandazos y hacer dos intentos de aterrizaje empecé a pensar que quizás nos estrelláramos. La chica de mi lado me comenzó a agarrar clavándome la uñas, dando rienda suelta a un ataque de risa nerviosa. Le expliqué que eso era muy normal en los aviones, aunque en realidad estaba empezando a preocuparme. Siempre que tengo vuelos agitados intento comunicarme telepáticamente con mi madre para despedirme y decirle que no se preocupe, que la vida ha estado bien y que sigan disfrutando de la vida. En esos momentos de reflexión haciendo lo propio, miré al otro lado, donde se encontraba mi compañero asiático y una pregunta clara vino a mi mente: “¿En qué coño piensa el chino este?”. Nunca lo averigüé.

Finalmente descubrí que los vuelos con turbulencias eran una constante en Brasil. Y que las anécdotas de hotel también. En nuestro segundo hotel, decenas de adolescentes se agolpaban en la entrada. Desde dentro les oía cantar algo inteligible que creo que era inglés. ¿Quién lo iba a decir? Resulta que el inglés de los brasileños puede ser tan malo como el de los españoles. Después de minutos escuchando entendí que estaban cantando Let it go a Demi Lovato: cantante estadounidense de la factoría Disney con los problemas que eso conlleva (haber tomado drogas ricas, pasar por la anorexia y atravesar una fase un poco más guarrilla para demostrar que no es un producto Disney). Esto hizo que por el hotel me cruzara con adolescentes intentando llegar a la habitación de su ídolo. Muy inteligentemente, estaban disfrazadas de incógnito con las caras pintadas con mensajes cortos y pósters enormes. Estrategias de altura que obviamente no funcionaban.

Los días de trabajo pasaron y por fin llegó el viernes. Pensé que después de tanto trabajo por fin me iba a pegar la fiesta brasileña que tanto esperaba. Al bajar a la recepción del hotel me encontré a mi jefe francés solo, el cual me explicó que mis otros compañeros se habían quedando trabajando o haciendo skype, y que el único otro joven del equipo, el chino, no podía salir de la habitación porque su religión le prohibía hacer cualquier cosa desde que caía el sol el viernes hasta la noche del sábado. Esa fue la primera de muchas cenas con mi jefe, en las que creamos una relación basada en el trabajo y el humor negro. Cosas que él tenía en abundancia.noche luces

Solo en ese primer viaje, viajé a Salvador de Bahía, Brasilia, Sao Paulo, Pernambuco y Tocantins. Las densas jornadas de trabajo cogiendo decenas de vuelos, hizo que después de solo dos viajes de trabajo a Brasil consiguiera ser cliente platino de American Airlines. Quizás eso implicó la perdida de salud mental y esperanza de vida de manera proporcional. Pero era tiempo bien invertido.

Si bien este ritmo no ayuda a disfrutar del país como me gustaría, después de decenas de misiones he desarrollado una relación amor-odio con Brasil que supongo que mitificaré con los años. Lo cierto es que tras dos años de viajes continuos con semejante equipo de trabajo, he desarrollado un cariño especial por ellos, afianzado siempre por buenas dosis de humor negro y largos días de trabajo juntos.

 

 

Anuncios

5 pensamientos en “Oh Dios mío ¡Brasil!

  1. Estas cosas luego se recuerdan con cariño y hasta las echas de menos, si me apuras. Ponerlas sobre el papel es un acierto.
    !Enhorabuena¡

  2. Que interesante! La verdad es que yo era de las que tenian esa imagen de viaje-caipiriña, y al leer el post he flipado un poco, y me he reido un monton. Lo del canadiense azul con la religion de Atlantis me ha hecho mucha gracia, y el imaginarme al jefe frances aporreando los cangrejos mas aun, jejeje. El japones parece majete. Y lo de que nunca llegaste a saber que pensaba el chino…jajaja, sin comentarios.
    Me parece todo super interesante, y me encanta como escribes 😛. Si escribieras un libro con tus viajes, yo lo compraria y lo leeria mil veces. Estoy deseando leer la proxima entrada del blog!!
    Un abrazo!
    Pd: perdon, escribo sin tildes porque estoy con el movil y es un poco rollo poner acentos 😛

  3. Y dos grandes dudas me quedaron: ¿abriría en verdad el anillo de la bola verde las puertas de Atlantis? ¿Qué pensaría el chino si leyera este post? ….

  4. Estoy con tu madre Borja. Es un gran acierto y suerte para nosotros que plasmes todas estas cosas por escrito. Sigue así.
    Un besazo.
    Nuria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s