Escapada a Jordania

Hace unas semanas estuve de viaje por Jordania. Disfruté de una ruta de tres días por todo los iconos del país junto con otros cinco amigos. El viaje lo organizó a la perfección una buena amiga, aunque esto no quitó que disfrutáramos de las sorpresas propias de este tipo experiencias.

Para mi sorpresa, en Amman hacía mucho frío y estaba lloviendo. Después de unos meses en El Cairo, la ciudad me pareció “muy europea”. Cuando lo comenté con los que vivían allí no contestaron, pero se rieron durante un rato. Supongo que el hecho de que no hubiera gatos y basura en la calle y por la noche hubiera silencio, me descolocó.

Wadi rum

Después de hacer noche en Amman, fuimos al desierto de Wadi Rum. Nuestra idea era hacer un rally por el desierto y disfrutar del paisaje y la adrenalina. La realidad fue un paseo en todoterreno por el desierto como guiris en lata.  El guía, de unos 15 años de edad, se presentó como Diplomado en Turismo por la Universidad de Dubai. A partir de ahí el resto estuvo acorde a su titulación. Nos llevo a varios lugares icónicos, a una supuesta cara esculpida por/para Lawrence de Arabia, que en realidad parecía un trozo de cartón-piedra sacado de Port Aventura, y lo que él llamo el anochecer en el desierto: ver el sol esconderse detrás de una montaña a media tarde. Cuando te das cuenta de que eres parte de esos grupos de guiris que disfrutan de las actividades, te imaginas a ti mismo con los calcetines levantados hasta las espinillas y chanclas, en conjunto con cámaras de fotos réflex puestas en modo automático.

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En realidad el desierto era muy llamativo. Pudimos ver las formaciones rocosas rojizas y las dunas de arena rojiza bastante peculiar. Esa noche dormimos en jaimas, disfrutamos de la boda beduina de dos de nuestros amigos y vimos estrellas fugaces en un cielo plagado de estrellas.

Cuando fuimos a Petra, la sensación fue espectacular. Caminamos por un cañón que se iba estrechando hasta llegar al famoso tesoro. A partir de ahí, las estructuras excavadas en la roca se suceden hasta culminar con el monasterio, el cual encuentras horas después en lo alto de la montaña.

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Para ser justos hay que decir que si Indiana Jones realmente hubiese ido a Petra en su última cruzada, no hubiese cabalgado en lomos de un elegante caballo. Hubiese ido en burro arrastrando los pies por la arena y con dos chavales azotándole el culo con un látigo. Esa es una de las cosas que llaman la atención. La cantidad de burros que hay, y los palos que reciben por parte de los chavales para que transporten a los turistas a lo largo del recorrido.

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El último día, fuimos al mar muerto. Creo que hicimos lo que todo el mundo hace: flotar en el agua ultra-salada (de sensación aceitosa), ver como la gente se sacaba fotos simulando leer revistas dentro del agua en posturas imposibles, y embadurnarnos de lodo, que supuestamente es muy bueno para la piel, pero que nos dejó pegotes de barro por todo el cuerpo.

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Jordania me pareció un país un poco despoblado, no sé si porque es temporada baja, porque son 6 millones de personas en todo el país y eso equivale a un barrio estándar de El Cairo, o porque me he acostumbrado tanto a Egipto que de aquí en adelante todo me parecerá un rollo si no tiene gente a mansalva y ruido, mucho ruido.

Los bauabs

Los bauabs son lo que en España se conoce como los porteros. En este caso hay ciertas peculiaridades que los hacen diferentes de los porteros al uso. Suele haber más de uno por portal, normalmente visten con arabeyas (como camisones) y después de unos meses, sus funciones todavía me parecen difusas.

Tengo 5 bauabs que viven en el portal en un cuarto donde apenas cabe un colchón y se turnan para dormir. Tengo 5 bauabs a los que pago 200 libras egipcias al mes pero ninguno recoge la basura y la recoge otro tipo al que pago 10 libras. Tengo 5 bauabs, los cuales tienen una sonrisa de tamaño proporcional a las propinas que les des. Tengo 5 bauabs que fueron simpáticos hasta que les intenté regatear su sueldo, teniendo en cuenta que los occidentales pagamos bastante más que los locales. Tengo 5 bauabs pero tengo que pagar otras 200 libras egipcias para mantenimiento del edificio porque ellos no se ocupan de eso.

Para ser honesto, los bauabs suelen ser más dados ayudar en función de la relación que tengan con el inquilino. En mi edificio hay gente egipcia con pasta que los tienen un poco de lacayos: para subir y bajar compras y otros menesteres, llamar al ascensor, etc. También creo que tienen cierta función protectora, ya que se ocupan de que no entren extraños en el edificio y lo vigilan.

Cuando hemos tenido fiestas en casa, nos han recomendado dar una propina simbólica al bauab, porque así facilita las cosas. Eso hicimos la última vez y así fue, la gente nos comentaba una y otra vez cuan majos eran nuestros bauabs.

Aprender Árabe: Escucha y calla

Después de haber estudiado árabe unos meses en España, llegué a El Cairo y lo primero que me dijeron es que hablan un dialecto. Con el tiempo descubrí que no es un dialecto en sí, si no que el árabe clásico que enseñan en España es como si aquí enseñaran castellano antiguo o latín. La ventaja de aprender egipcio (o ameya) es que el resto de países árabe parlantes lo entienden, porque Egipto es como el Hollywood del Middle East. Tiene una industria cinematográfica muy grande y exporta cine y televisión al resto de países por lo que están acostumbrados a oírlo.

Árabe

Una vez sabido esto, cuando conocí a mi profesor de árabe decidí lanzarme a aprender egipcio. Nunca había dado clases particulares antes, pero me imaginé que, básicamente, consistiría en que el profesor llegara a casa, te diera la lección o te tutorase en el estudio y se fuera.  Resulta que aquí hay unas pequeñas diferencias. Por ejemplo, en el caso de mi profesor, que a pesar de ser joven es un poco conservador, no da clases a chicas en pisos a no ser que haya algún otro alumno varón. Si da clases a chicas tiene que ser en un sitio público. El resto de costumbres las vas viendo con la experiencia.

En mi primera clase de árabe en casa todo transcurrió según lo esperado, hasta llegado cierto punto en el que mi profesor dijo que hacíamos un descanso de 5 minutos. Para rezar. Me preguntó que si me importaba, a lo que por supuesto dije que no. En ese momento entró en el bañó y después de unos minutos, salió del lavabo enjuagado. Yo seguía asintiendo con la misma sonrisa que se le queda a una vieja después de su sesión de botox semanal. Ahí lo tuve, 10 minutos tirado en el suelo de mi salón sobre un trozo de alfombra que trajo en la mochila. Yo haciéndome el moderno, seguí como repasando la lección, mientras de reojo le miraba. Me imaginé a mi mismo mirando cual señora escandalizada que se entrecruza la chaqueta e intenta fingir naturalidad.

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Después del shock de la primera vez, eso ya es algo natural. Aunque las anécdotas no paran de sucederse. En general, nos reímos muchísimo en clase, aunque a veces es por malentendidos. Como cuando estudiando las partes de la casa le dije que en el trastero nosotros guardábamos las cosas viejas como a nuestros abuelos.  O como ayer, que casi provoco otra oleada de asaltos a embajadas occidentales, cuando se me ocurrió decirle a mi profesor (miembro de los hermanos musulmanes), que mi abuelo tenía un perro llamado Mustafá (aquí conocido como Musdáfa). Su cara cambió repentinamente y me impuso de la misma manera que lo hacía mi odiada profesora de historia del colegio. Me dijo que era un nombre sagrado por ser el del profeta, al igual que Mohamed o Mahmud y que no se podía usar de esa manera, que aquí estaba prohibido. Creo que le pareció aún peor el hecho de que fuera el nombre de un perro, ya que aquí, normalmente, son vistos con desprecio. Quizás si mi abuelo hubiese tenido un gato hubiese suavizado la situación. La única manera de salir de esa fue decirle que mi abuelo había tenido tres hijas y que le encantaba el nombre ,y que se lo puso a la siguiente cosa que más quería que era su perro… no sé si le convenció, pero por lo menos el resto de la clase volvió a ser distendida, con el tono que normalmente usamos.