La ciénaga de Washington

Hace ya unos meses tuve la oportunidad de venir a trabajar a Washington. Cuando al principio lo contaba, la gente empezó a felicitarme por la decisión tomada. No obstante, empecé a preocuparme cuando algunos me decían entre risas los motes que tenía la ciudad: creo que el único que recuerdo ahora es “Washington, la ciudad de los feos”. De manera general, la ciudad es un sitio muy cómodo para vivir y todo el mundo es excesivamente agradable. Con el tiempo te das cuenta de por qué, a pesar de eso, la ciudad aburre más que Teruel. En agosto. A las 4 de la tarde.SONY DSC

Washington se construyó hace poco más de 200 años, después de un estudio concienciado y una decisión bien meditada: por eso, decidieron ubicarla dentro de una ciénaga. A partir de ahí, la pequeña zona urbana creció de manera homogénea en varias direcciones y parece ser que en los últimos años está viviendo una revolución que está dinamizando la ciudad, aunque yo todavía no lo consigo ver. La ciudad sufre de varios males, al margen del calor húmedo del verano, las nevadas repetitivas del invierno y las lluvias torrenciales en cualquier época del año. Es una ciudad con un número elevado de embajadas y organismos internacionales y eso hace que tenga cierto tufo a funcionario: horarios similares, estilos de vida organizados y vidas monótonas. A primera vista parece un gran pueblo, donde se repiten calles y calles, todas monísimas y todas iguales. Cuando la conoces un poco más, compruebas que tiene calidad de vida pero que carece de lo que Austin Powers llamaría mojo.

La gente siempre habla de lo mismo: el trabajo y lo que mola la propia ciudad (lo cual no entiendo). En muchos casos las conversaciones se reducen a 3 frases y un “have a nice day”. Y es que la ciudad no carece de actividad, pero la que tiene es monótona y repetitiva. Le falta alma e historia. Quizás sea un problema de los habitantes, porque estamos hablando de gente que para ligar en los bares se da la tarjeta de negocios. Tal es así, que un amigo mío en una noche de borrachera, empezó a gritar a los presentes: “más bailar, menos networking”.

La fiesta está hecha para empollones, de hecho, tengo la teoría de que si disfrutas de la fiesta en Washington es que eres o has sido empollón. Las zonas de ambiente se reducen a 3 o 4 calles: la calle 14 con la U, que es como el extrarradio de Madrid; Adams Morgan, que tiene un punto más Benidorm; y la calle H, donde el ambiente es un poco más alternativo, pero siempre dentro de los estándares de Washington, claro. La mayoría de los bares son similares, y por norma general ponen la música alta pero nadie baila: esto hace que las conversaciones se conviertan en un cruce de gritos entre colegas. La alternativa son las fiestas en casas, donde lo más emocionante que puede pasar es que alguien derrame una cerveza, porque la gente no baila y se deja llevar, si no que toman algo mientras charlan sosegadamente. Disfrutando a tope.

De manera general hay dos tipos de trabajadores: gente más o menos joven que van perfectamente conjuntados y perfectamente despeinados, los cuales comúnmente combinan los cordones de los zapatos con el color de las corbatas (los más arriesgados, en un acto de creatividad, los combinan con la suelas de los zapatos). Y por otro lado, están los reyes del estilo: gente con el físico un poco más deteriorado y que visten trajes dos tallas más grandes con estilo ochentero como sacados de un videoclip de Modern Talking. Estos últimos suelen ser americanos intentando ir elegantes.  Claro que yo hubiese esperado algo incluso peor, viniendo de gente que para ir cómodos se ponen chanclas con calcetines de deporte.

Creo que todo este cúmulo de cosas hace que la ciudad sea el sitio ideal para gente madura con hijos y que busca una vida muy tranquila. He de reconocer que la ciudad no me da el asco que me producía al principio, pero todavía estoy aprendiendo a quererla.

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