Sudán: el regreso

Cuando ya pensaba que el año estaba más o menos acabado en Egipto, me dijeron que tenía que viajar a Sudán otra vez para compartir todo mi conocimiento con la nueva responsable de mi oficina. En el mismo momento en el que me lo decían todo lo que pasaba por mi cabeza eran imágenes de tribus africanas asaltando el coche de mi jefa con piedras y palos.

Después de un tiempo de asimilación y preparación de la agenda de negocios, allí me presenté con mi compañera de trabajo. Repetir el viaje me permitió vivir nuevas experiencias y ampliar mi conocimiento sobre los lugares y gente que ya conocía.

En primer lugar, el hotel donde me hospedé, el cual yo pensaba que era un tranquilo hostal regentado por alemanes, resultó ser una antigua casa de fiestas ilegales propiedad de un hippy, donde había alcohol de contrabando a precio económico. El chiringuito se vino abajo tras una redada que hizo que cesaran las fiestas y continuaran con el turismo y la hostelería.

Esta vez, realicé más trayectos en coche, lo que me permitió poder observar más la ciudad. Me di cuenta de que hay un gran número de famosos europeos y americanos que, me atrevería a decir, no saben que son la imagen de numerosos negocios. Por ejemplo, Ana kurnikova es la imagen de unos jabones sudaneses, Chris Brown de unas tintorerías, Brad Pitt de unas peluquerías turcas, Cristiano Ronaldo de unas barberías y así hasta el infinito.

Alguna gente me avisó de que llevara la ropa adecuada ya que era invierno. La temperatura media en invierno es de 36 grados centígrados. Pero no deja de ser invierno. Por eso, era normal ver gente por la mañana llevando abrigos y guantes, mientras yo hacía verdaderos esfuerzos para respirar sin jadear por el calor que hacía.

Durante la semana, las reuniones fueron bien. Muchas de ellas fueron en árabe. Esto me permitió darme cuenta de que tengo el nivel de árabe suficiente para mal interpretar cualquier conversación. Sé de qué están hablando pero puedo entender lo inverso sin ningún problema.

Una de las reuniones que tuve fue con la Asociación de mujeres de negocios sudanesas. Lo que faltaba decir en la descripción era que eran mujeres gigantes sudanesas. Una vez llegamos a las oficinas, todo estaba lleno de fotos de mujeres gigantes con diferentes personalidades occidentales. Debían de ser la versión africana de las amazonas, pero con grandes sonrisas, vestidos de colores y cuerpos más orondos. Una vez dentro de la asociación, pude comprobar que las mujeres eran en realidad normales y que solo la presidenta era gigante y ella era la que aparecía en todas las fotos. Para recibirnos se puso sus mejores galas: un vestido de leopardo y unos tacones a la altura. Creo que esa mujer calzaba como mínimo, el mismo pie que yo, y para dar una referencia, tengo varios amigos que me han dicho que tengo pies de hobbit. Aquello era un desparrame de dedos gigantes saliendo de una sandalia estampada.

Cada reunión ofrecía una anécdota diferente: un empresario nos recibió descalzo porque le pillamos rezando. Otro me ofreció un zumo de mango y me obligó a beberlo con una pajita de esas que tienen un rizo infinito, mientras el resto del personal disfrutaba de zumos de naranja normales con pajitas ordinarias. Pero claro, yo era el joven y me estaba haciendo un guiño simpático. Básicamente, me pasé la reunión intentando escuchar como hablaban otras dos personas sobre oportunidades comerciales en la agricultura, mientras el empresario en cuestión me miraba sonriente, e invitaba con la mano a beber un zumo más denso que el chapapote. De esa reunión salí con las oportunas anotaciones y dolor de mandíbula.

Ahora que me muevo con más soltura en el país y después de reunirme con empresarios y mafiosos, empiezo a entender los intríngulis y la ética de los profesionales del sector. Por ejemplo, Estados Unidos tiene un embargo sobre Sudán que impide cualquier actividad comercial de empresarios que tengan el más mínimo interés en Estados Unidos. Esto hace que países enteros veten las operaciones con Sudán, entre otros, toda la Unión Europea. Pero por otro lado, el propio Estados Unidos concede autorizaciones puntuales a sus empresas para saltarse esa barrera si es de interés para la economía yankee. Por eso, son los terceros países los que no pueden operar con Sudán, y Estados Unidos se beneficia de esa “ventaja”.

Por otro lado, hay un conocido político sudanés condenado por crímenes de guerra por el tribunal de La Haya con el que nadie se puede reunir legalmente, pero que es, a su vez, de los mejores posicionados en el país y tiene un volumen de negocio con el exterior bastante relevante. Supongo que es una cuestión de principios. O bueno, de ausencia de ellos.

La despedida de este viaje tuvo lugar con un espectáculo flamenco en la residencia del Embajador. He de reconocer que era el primer espectáculo flamenco al que asistía, aunque no debía ser el único. No sé que pasa con los españoles, que cuando están en el extranjero sienten el flamenco con una pasión como si lo escucharan todos los días. En algunos momentos de la actuación, hasta los policías del arco de seguridad se arrancaban a gritar “¡olé!” con las manos abiertas hacia el frente y una pequeña sacudida de cuello.

La verdad que fue la mejor manera de despedir la visita. Bueno, eso, y el retraso de dos horas que tuve en el aeropuerto en el viaje de vuelta.

Sudán: primer acto

Por motivos de trabajo tuve la oportunidad de viajar a Sudán una semana. Inicialmente, la idea de viajar era extraña pero la verdad que me podía la curiosidad por ver semejante país. Tuve la oportunidad de hospedarme en el German Guest House, que resultó ser una especie de asilo o centro de desintoxicación, donde los huéspedes eran bastante pintorescos. Estoy seguro de que si Lindsay Lohan hubiese pasado por aquí una temporada se le hubiese quitado tanta adición a drogas, botox y demás.

Después de alojarme en el hostal, bajé a cenar con algunas de las personas que se encontraban en el comedor: había un italiano de bigote extrafino, varios alemanes sesentones, una comercial libanesa y el personal de servicio sudanés. El gerente, que respondía al nombre de Gunter y gastaba un bigote XXL, me dijo que hacía su propio vino en una bañera en algún sitio del hostal, ya que su consumo está prohibido en el país. Me llevó menos de dos horas en el país quebrantar la ley, al beberme ese “vino”, el cual Gunter calculaba que tenía alrededor de unos 25 grados. Me dio muchos más detalles, pero no fui capaz de entenderlos porque las palabras se difuminaban bajo semejante mostacho. Supongo que los casi 40 grados de temperatura, el alcohol y el acento tampoco facilitaban la labor.

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Después de esa primera hazaña, me fui a la cama para prepararme para todas las entrevistas que iba a tener con empresarios e instituciones sudanesas. Las reuniones fueron, cuando menos, peculiares.

De manera general, me di cuenta de que casi todos los empresarios y políticos eran capaces, como mínimo, de comunicarse en inglés y mantener conversaciones fluidas. En esos momentos era inevitable acordarme del “every day bonsái” de Zapatero o del “it’s very difficult todo eso” de Rajoy. Cuando esos recuerdos me venían a la mente, me sentía como esos dibujos japoneses a los que le cae una gota gigante por la frente en situaciones de vergüenza.

A pesar de eso, las situaciones no dejaron de ser rocambolescas. Me dediqué a cruzar la ciudad de un sitio a otro de taxi en taxi. En una ocasión, hice uso de un rickshaw, y la estampa debió ser graciosa: en traje, con mis papeles y con un Tuk Tuk llevándome por una calle de tierra. En una de las empresas, me reuní con todo el equipo directivo: un padre, su hijo, su hija, el cuñado y otro señor que no tenía relación familiar directa. Casi igual que la cúpula directiva del Santander pero en africano y con henna por las manos y los ojos.

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En otra empresa me encontré con dos señores vestidos con galabeyas sudanesas enormes. Uno solo asentía sin decir nada, y el otro me decía que solo necesitaba dos millones de euros para empezar a hacer negocios con empresas españolas. Me dijo que no necesitaba papeles o bancos, solo mirar a los ojos y confiar: “yo te miro a los ojos y puedo confiar”. Esto lo decía mientras levantaba la barbilla, abría mucho los ojos, casi fuera de sus órbitas, y me miraba fijamente. A mi, personalmente, este hombre lo que me daba era miedo con sus ojos de poseso. Así que todo lo que pude hacer fue sonreír de la manera más natural posible y asentir.

Uno de los días, un empresario amigo de un colega de mi oficina, se ofreció a guiarme por la ciudad para facilitar mis entrevistas con los empresarios. Era un tipo gordo, con orejas grandes, trajeado y con cara de buena persona. Por la noche, me invitó a cenar en un restaurante de moda de la ciudad. Cual fue mi sorpresa cuando apareció vestido con la galabeya sudanesa y un turbante a juego. El turbante estaba colocado apoyado sobre las orejas, por lo que éstas parecían lonchas de chope que habían sido cortadas con motosierra. Durante la cena me contó que había comprado una vaca, ya que su madre venía de visita desde Egipto, y quería matarla (a la vaca) delante de ella (de su madre) como muestra de cariño. Me imaginé haciendo eso delante de mi madre y su posible reacción ante tal sangría: supongo que implicaría algo como quedarse con los ojos en blanco y echar espuma por la boca.

El mejor tipo que conocí fue un profesor de universidad. Había montado su propia empresa y realizaba proyectos caseros con energías renovables. Para hacerme una demostración de sus trabajos me invitó a comer pollo y arroz que habían sido cocinados con una cazuela situada sobre una placa solar. El resultado no pudo ser mejor.

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La sensación general de la ciudad fue muy positiva. La ciudad es extraña, ya que fueron tres ciudades que crecieron y se juntaron en el punto donde se unen los dos Nilos: el blanco y el azul. Las calles estaban perfectamente ordenadas en cuadrículas, como ocurre con las típicas ciudades norteamericanas, solo que en este caso, algunas calles eran de tierra, y dentro de las manzanas, los edificios estaban distribuidos aleatoriamente. El país me pareció curioso, no tan inseguro como presuponía, pero digno de una visita, por lo menos.