Sudán: primer acto

Por motivos de trabajo tuve la oportunidad de viajar a Sudán una semana. Inicialmente, la idea de viajar era extraña pero la verdad que me podía la curiosidad por ver semejante país. Tuve la oportunidad de hospedarme en el German Guest House, que resultó ser una especie de asilo o centro de desintoxicación, donde los huéspedes eran bastante pintorescos. Estoy seguro de que si Lindsay Lohan hubiese pasado por aquí una temporada se le hubiese quitado tanta adición a drogas, botox y demás.

Después de alojarme en el hostal, bajé a cenar con algunas de las personas que se encontraban en el comedor: había un italiano de bigote extrafino, varios alemanes sesentones, una comercial libanesa y el personal de servicio sudanés. El gerente, que respondía al nombre de Gunter y gastaba un bigote XXL, me dijo que hacía su propio vino en una bañera en algún sitio del hostal, ya que su consumo está prohibido en el país. Me llevó menos de dos horas en el país quebrantar la ley, al beberme ese “vino”, el cual Gunter calculaba que tenía alrededor de unos 25 grados. Me dio muchos más detalles, pero no fui capaz de entenderlos porque las palabras se difuminaban bajo semejante mostacho. Supongo que los casi 40 grados de temperatura, el alcohol y el acento tampoco facilitaban la labor.

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Después de esa primera hazaña, me fui a la cama para prepararme para todas las entrevistas que iba a tener con empresarios e instituciones sudanesas. Las reuniones fueron, cuando menos, peculiares.

De manera general, me di cuenta de que casi todos los empresarios y políticos eran capaces, como mínimo, de comunicarse en inglés y mantener conversaciones fluidas. En esos momentos era inevitable acordarme del “every day bonsái” de Zapatero o del “it’s very difficult todo eso” de Rajoy. Cuando esos recuerdos me venían a la mente, me sentía como esos dibujos japoneses a los que le cae una gota gigante por la frente en situaciones de vergüenza.

A pesar de eso, las situaciones no dejaron de ser rocambolescas. Me dediqué a cruzar la ciudad de un sitio a otro de taxi en taxi. En una ocasión, hice uso de un rickshaw, y la estampa debió ser graciosa: en traje, con mis papeles y con un Tuk Tuk llevándome por una calle de tierra. En una de las empresas, me reuní con todo el equipo directivo: un padre, su hijo, su hija, el cuñado y otro señor que no tenía relación familiar directa. Casi igual que la cúpula directiva del Santander pero en africano y con henna por las manos y los ojos.

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En otra empresa me encontré con dos señores vestidos con galabeyas sudanesas enormes. Uno solo asentía sin decir nada, y el otro me decía que solo necesitaba dos millones de euros para empezar a hacer negocios con empresas españolas. Me dijo que no necesitaba papeles o bancos, solo mirar a los ojos y confiar: “yo te miro a los ojos y puedo confiar”. Esto lo decía mientras levantaba la barbilla, abría mucho los ojos, casi fuera de sus órbitas, y me miraba fijamente. A mi, personalmente, este hombre lo que me daba era miedo con sus ojos de poseso. Así que todo lo que pude hacer fue sonreír de la manera más natural posible y asentir.

Uno de los días, un empresario amigo de un colega de mi oficina, se ofreció a guiarme por la ciudad para facilitar mis entrevistas con los empresarios. Era un tipo gordo, con orejas grandes, trajeado y con cara de buena persona. Por la noche, me invitó a cenar en un restaurante de moda de la ciudad. Cual fue mi sorpresa cuando apareció vestido con la galabeya sudanesa y un turbante a juego. El turbante estaba colocado apoyado sobre las orejas, por lo que éstas parecían lonchas de chope que habían sido cortadas con motosierra. Durante la cena me contó que había comprado una vaca, ya que su madre venía de visita desde Egipto, y quería matarla (a la vaca) delante de ella (de su madre) como muestra de cariño. Me imaginé haciendo eso delante de mi madre y su posible reacción ante tal sangría: supongo que implicaría algo como quedarse con los ojos en blanco y echar espuma por la boca.

El mejor tipo que conocí fue un profesor de universidad. Había montado su propia empresa y realizaba proyectos caseros con energías renovables. Para hacerme una demostración de sus trabajos me invitó a comer pollo y arroz que habían sido cocinados con una cazuela situada sobre una placa solar. El resultado no pudo ser mejor.

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La sensación general de la ciudad fue muy positiva. La ciudad es extraña, ya que fueron tres ciudades que crecieron y se juntaron en el punto donde se unen los dos Nilos: el blanco y el azul. Las calles estaban perfectamente ordenadas en cuadrículas, como ocurre con las típicas ciudades norteamericanas, solo que en este caso, algunas calles eran de tierra, y dentro de las manzanas, los edificios estaban distribuidos aleatoriamente. El país me pareció curioso, no tan inseguro como presuponía, pero digno de una visita, por lo menos.

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4 pensamientos en “Sudán: primer acto

  1. Muy bueno Borja. Nos hemos reido Juan y yo, un montón. Esperamos que tus nuevas amistades sudanesas no puedan leer tu mordaz, descriptivo y afinado español. Besos.

  2. te atreviste a probar el vino de la bañera!!! que ilegal jejeje. qué tal estaba?
    me ha molado mucho lo del pollo en el colector solar 🙂
    la verdad es que me parece un sitio interesante jeje. Lo de matar la vaca delante de tu madre me ha impactado. una vaca, nada menos…luego cómo limpias la sangre de un bicho tamaño XXL? ufff jeje.
    Un abrazo!

  3. Pingback: Sudán: el regreso | tipomenudo

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